Por qué ensayar con partituras aunque el coro no lea música


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¿Tiene sentido repartir partituras en un coro donde nadie lee música? Sí, y por una razón que se pierde de vista: una partitura no es solo un texto para descifrar nota por nota, es un contenedor de información útil que sirve incluso a quien no sabe leerla. El título, el nombre del compositor y del arreglador, los años en que vivieron, la letra ordenada por estrofas, las repeticiones, dónde entra cada cuerda: todo eso está ahí y se lee sin saber música.

Antes de llegar a eso, este episodio plantea un problema previo, que es de los directores y no de los cantantes: ponerse en el lugar del otro. Cuando en un ensayo un pasaje no sale y uno empieza a repetirlo pidiendo siempre lo mismo, lo más probable es que no se haya entendido cuál es la dificultad real del coro. Gus Espada, director de coro, cuenta que en ese punto se dice a sí mismo, casi automáticamente, que el problema es suyo, y se pone a buscar otra solución. Ponerse en el lugar del otro es percibir qué siente, qué necesita y qué vivencia otra persona frente a una situación; a algunos les sale más fácil que a otros, y para un director es imprescindible.

Qué siente alguien que recibe una partitura por primera vez

Pensemos en un ingeniero o un estudiante de matemática. Pasó la vida entre números, quizá toca la guitarra y se acompaña cantando, pero es probable que nunca haya tenido una partitura en las manos. Un amigo lo invita, llega al ensayo, le tomamos la voz, le damos un montón de papeles y le decimos que va a cantar de tenor. Casi nunca nos detenemos a pensar qué le pasa en ese momento. De ahí salen las frases que todos escuchamos: «yo no sé leer partituras», o «¿cuál es la voz que tengo que cantar?».

Dos personas del mismo coro, dos caminos opuestos

Una coreuta que no sabía nada de música quiso aprender a escribir partituras; se le dio acceso gratuito al curso de edición y a la semana escribió que no podía avanzar, que no entendía nada. En el mismo coro hay un cantante que tampoco lee música y que, cada vez que aparece una obra nueva, llega a su casa, abre el editor de partituras y transcribe las cuatro voces completas para sacar el audio con el que estudia su parte. Aprende rapidísimo y canta muy seguro. No sabe música, pero transcribe perfectamente.

Los dos casos muestran hasta dónde puede llegar el recorrido de alguien que empieza sin conocimientos. Hay coreutas que, después de dos o tres años de cantar, sin haber tomado nunca una clase de lectura musical, leen una obra nueva casi a primera vista, apoyados en el piano de ensayo y en los compañeros de cuerda, sin necesidad de escuchar para repetir.

La conclusión práctica para el director es doble: no dar por sentado que la partitura intimida menos de lo que intimida, y no subestimar cuánta información utilizable contiene para alguien que no la lee. Esa información es la que, con el tiempo, convierte a un cantante que copiaba de oído en uno que se maneja solo.