Entre terminar de analizar una obra y conseguir que el coro la cante como uno la imaginó hay un paso que suele saltearse: armar un plan de interpretación. Sin ese plan, las indicaciones que se dan en el ensayo salen sueltas y el coro recibe decisiones que no terminan de formar un todo.
Después de estudiar y analizar la partitura queda mucha información disponible: sobre la música, sobre el texto, sobre el contexto de la obra, del compositor y del autor del texto. El primer trabajo es juntar todo ese material y buscar la mayor cantidad posible de relaciones entre los elementos musicales y los del texto.
El segundo trabajo es distinto y más incómodo de formular: qué nos provoca a nosotros esa obra, qué nos moviliza, qué querríamos expresar al interpretarla. Y después hay que compatibilizar las dos cosas, lo que objetivamente indica el análisis sobre cómo debería ser la interpretación y lo que la propia sensibilidad y experiencia musical dicen. De esa negociación sale el plan de interpretación.
Recién con el plan definido se va al ensayo. Y ahí aparece la otra mitad del problema: cómo se hace para que el coro cante esas ideas. Hay muchos caminos posibles hacia un resultado con valor artístico. Algunos directores llegan transformando el análisis del texto en una historia que le cuentan al coro, y eso funciona muy bien, pero exige dos cosas a la vez: un buen análisis y buenas habilidades de comunicación. Cautivar al coro con lo que uno entendió de la obra es una destreza en sí misma, distinta de la de analizarla.
Para el director que prepara un concierto, la utilidad de separar estas etapas es que vuelve discutible cada decisión: se puede revisar el análisis, o el plan, o la manera de comunicarlo, en lugar de repetir el pasaje esperando que algo cambie.