¿Estás armando un coro nuevo y le cuesta cantar a dos, tres o cuatro voces? ¿Tenés un coro que funciona, pero los integrantes nuevos se van con otra voz? ¿Querés abordar un repertorio con complejidades armónicas que te está dando más trabajo del que esperabas? Hay un momento del ensayo que sirve para atacar esos tres problemas, y suele estar desaprovechado: la vocalización.
La vocalización es, en la mayoría de los coros, el momento más estereotipado del ensayo. Siempre los mismos movimientos de relajación, siempre los mismos ejercicios de respiración, siempre los mismos vocalizos. Y lo peor no es la repetición en sí, sino la actitud con que se hace: mecánica, desinteresada, como si uno estuviera ansioso porque empiece «de verdad» el ensayo, como si la vocalización no formara parte de él.
Esto no significa que esas vocalizaciones no sirvan. Dan resultados en lo suyo, que es la técnica vocal. La propuesta de este episodio es otra: que además de trabajar la voz, ese momento resuelva dificultades musicales concretas del repertorio que se está armando. Si el problema del coro es la independencia entre las cuerdas, o la afinación de determinados acordes, o un pasaje rítmico que no termina de encajar, el ejercicio de vocalización puede diseñarse para eso, con paciencia y regularidad, en lugar de esperar a chocar con la dificultad dentro de la obra.
Es la contracara de lo que Gus Espada, director de coro, planteó sobre las rutinas del ensayo: la vocalización es una de las rutinas más fuertes que hay, y por eso mismo es uno de los lugares donde un cambio rinde más. Diez minutos por semana orientados a la dificultad concreta que el coro tiene esa semana equivalen a mucho tiempo que después no hay que gastar dentro de la obra.