Esta clase nació de una sugerencia del maestro Camilo Santo-Estéfano. Lo primero que propuso fue comparar composiciones de distintos autores sobre el mismo texto. El resultado: dos Ave Verum Corpus, el de Mozart (1791) y el de William Byrd (c. 1605), separados por casi dos siglos y medio.
El Ave Verum es una oración medieval con un saludo, una descripción de la pasión, un pedido y una aclamación final. El texto rima, y eso influye en cómo cada compositor lo estructura.
Mozart trata el texto globalmente, sin cambiar el carácter de frase en frase. La calma es sostenida. Las alteraciones accidentales generan leve inquietud sin romper la serenidad. La cruz aparece como un salto ascendente; el agua y la sangre descienden. En el pedido, soprano y tenor se imitan creando urgencia. Una voz sola canta el intervalo de la muerte —en ese momento estamos solos— antes de que el coro retome. El final resuelve en tónica.
Byrd pertenece al madrigal inglés tardío. Desde el primer compás hay culpa y arrepentimiento: las melodías predominantemente descendentes recorren toda la obra. Cambia a compás ternario para representar el movimiento de la lanza. Agrega el Miserere mei, que Mozart no incluyó, con una falsa relación entre fa sostenido y fa natural superpuestos, y varios usos del tritono —el diabolus in musica—. Estas disonancias describen el dolor y la culpa del que reza.
Lo más llamativo no son las diferencias sino las coincidencias: ambos usan adornos sobre corpus, ambos escriben una frase equilibrada para natum de Maria Virgine, ambos hacen descender las voces con el fluir del agua y la sangre. Son respuestas naturales a un texto que ya indica hacia dónde ir. Es el texto el que guía a los compositores, aunque cada uno llegue desde un lugar emocional completamente distinto.