Arreglos y arregladores en Colombia- con Paula Torres


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Paula Torres es directora de coros y orquestas colombiana, radicada en Chile desde hace más de veinte años, donde es docente en la cátedra de dirección de la Universidad Católica y ha enseñado también en la Universidad de Chile y en la Universidad Alberto Hurtado. En esta entrevista con Gus Espada repasa, región por región, los géneros de la música popular colombiana y qué arreglos corales pueden servir de puerta de entrada para coros que no son de Colombia.

El movimiento coral en Colombia, según Paula

Paula aclara que responde desde la distancia, apoyada en colegas y amigos que siguen viviendo allá. Dice que el movimiento coral varía mucho según la ciudad: Bogotá tiene una vida cultural grande a nivel de orquestas y bandas, pero para ella el fenómeno coral se siente más fuerte en Medellín, que describe como una ciudad con una fuerza propia para todo lo que emprende. Menciona también a Bucaramanga, con directores interesantes y un movimiento activo. Sobre su ciudad natal, Cali, señala que al ser el centro de la cultura afrocolombiana y de la salsa, la sociedad caleña está menos conectada con la música de cámara —y el coro, dice, pertenece a ese género— y por eso allí la tradición coral tiene menos peso que en otras ciudades.

Los géneros de las regiones colombianas

Paula describe la música colombiana como una paleta tan amplia como la argentina, donde convive el bambuco con la cumbia o el joropo. Cuenta que ella cantó buena parte de este repertorio en el Coro Santa Fe de Bogotá, un coro profesional de 32 integrantes en el que la mitad del programa eran arreglos de música colombiana de distintas regiones.

En la región andina, explica, los géneros —bambuco, guabina, torbellino, pasillo— nacieron para trío de cuerda pulsada (guitarra, bandola y tiple), con una fuerte raíz española mestizada con lo indígena. Por eso, dice, ofrecen mucho contrapunto en los arreglos corales, heredado del punteo instrumental: la guabina, por ejemplo, desciende de la zarabanda, una danza de tres tiempos con el segundo pulso alargado.

En la costa Atlántica ubica la cumbia y el mapalé, géneros donde la percusión tiene un peso central y donde, según Paula, los arregladores colombianos actuales son cada vez más conscientes de qué onomatopeyas usar para representar el timbre de cada tambor. En el Pacífico sur señala la música de marimba de chonta, que recién empieza a aparecer en composiciones de la academia a partir de los pregones y las cantadoras de esa región. Y en los Llanos ubica el joropo, un género que comparte raíces con la música venezolana y que ella asocia sobre todo a compositores de ese país, como César Alejandro Carrillo.

Arregladores y compositores para conocer

Paula nombra a José Antonio Rincón, recientemente fallecido, autor de un arreglo de bullerengue muy cantado por coros. Entre los compositores y arregladores activos menciona a Mario Gómez Viñez, profesor de composición de la Universidad del Valle; a Gustavo Yepes; a Alberto Guzmán, autor de una misa para coro, orquesta y solistas con textos de poetas colombianos mezclados con el ordinario de la misa católica, escrita sobre géneros del Pacífico; y a Héctor González Cabrera, guitarrista devenido musicólogo, que estudió la influencia del canto llano en los géneros latinoamericanos y compuso obras vocales a partir de los pregones del Pacífico.

Entre los más jóvenes cita a Victoriano Valencia, profesor de la Pontificia Universidad Javeriana; a Alexander Cuesta Moreno; a Juan Manuel Hernández, director y compositor de Bucaramanga con arreglos para coros de niños y coros universitarios; y a Carlos Montoya, colombiano radicado en Estados Unidos con unos sesenta arreglos en su catálogo.

Por dónde empezar

Para Paula, la cumbia es el punto de entrada más accesible para un coro latinoamericano que recién se acerca a este repertorio, porque sus matrices rítmicas ya circulan por toda la región. Pero advierte contra un error frecuente: pensar que, por ser popular, un arreglo va a ser rápido y fácil de montar. Dice que muchas veces es más sencillo abordar un motete renacentista europeo que un género latinoamericano, porque estos exigen entender la danza, la orgánica original —cantante e instrumentos— y hasta cómo se baila, no solo la aritmética de la partitura.

Pone como ejemplo el joropo de César Alejandro Carrillo: mientras el preludio se puede abordar con relativa facilidad, la fuga exige haber escuchado y visto bailar un joropo real para entender su vertiginosidad, algo que puede llevar un año de trabajo coral. La receta que propone no es la velocidad sino el rigor: el director, dice, "juega de canciller internacional" y tiene que nutrirse de cada estilo antes de montarlo, sea cual sea su origen.

Sobre qué hace que un arreglo valga la pena más allá del criterio puramente estético, es bello lo feo? profundiza esa pregunta desde otro ángulo. Para quien dirige un coro, esta entrevista deja una hoja de ruta concreta: nombres de arregladores colombianos por región y género, y el recordatorio de que empaparse del estilo original —escuchado, visto, bailado— es tan parte del montaje como aprender las notas.