¿Hay que cantar la música popular con la misma emisión limpia y vertical de un coro que canta polifonía renacentista? Para Solana Cortés, compositora especializada en música popular uruguaya, la respuesta pasa por acercar el sonido del coro a la realidad del género que se está interpretando, aunque eso implique renunciar a cierta prolijidad vocal. El caso que analiza en profundidad es el candombe.
Según Cortés, algo que pasa seguido con los géneros de música popular latinoamericana —y con el candombe en particular— es que su fraseo rítmico se simplifica al pasarlo al papel. El candombe, en su forma más tradicional (la llamada), se construye con tres tambores de distinta frecuencia y función: el chico (agudo), el repique (medio) y el piano (grave). Es un género esencialmente polirrítmico, y cuando un arreglo lo reduce solo a la clave —el patrón rítmico más conocido— se pierde buena parte de esa riqueza.
Su recomendación para directores que se encuentran con una melodía ya simplificada es buscar la versión original del tema y comparar el fraseo. No siempre conviene "corregir" el arreglo: si la síncopa es dentro del compás, ajustarla es relativamente sencillo; si es una síncopa de compás completo —de un tiempo débil a uno fuerte— llevarla a tierra cambia sustancialmente el carácter de la frase, y ahí conviene ser más cuidadoso.
Una de las ventajas del coro como instrumento, dice Cortés, es tener cuatro alturas distintas para vincular con las funciones de los tres tambores. Una fórmula que funciona bien: el tambor chico (el más agudo) con las sopranos, el tambor piano (el grave, el que sostiene la base) con los bajos, y el repique —el que improvisa— con tenores y contraltos. Reconocer esos gestos rítmicos dentro de las partes vocales sirve tanto para armar un arreglo desde cero como para enseñar uno ya compuesto.
La dificultad, en cambio, aparece al llevar un género tan percusivo a lo vocal: se corre el riesgo de perder justamente lo que lo identifica. Pero, señala Cortés, con ese criterio no se podría cantar ninguna música popular; el desafío está en mantener los elementos rítmicos identitarios aunque el vehículo sea la voz.
El desbalance entre un coro sin amplificar y la percusión es un problema frecuente en escena. Cortés sugiere, si hay algún corista con oído percusivo, enseñarle el patrón básico del tambor piano en un bombo o similar, ya que ese patrón resume la rítmica de los tres tambores. Si no hay nadie con esa posibilidad, la clave —tocada con palmas o con el instrumento— es la opción más accesible. Eso sí: advierte que sonar la clave todo el tema resulta monótono, porque en el candombe real no suena todo el tiempo. Conviene reservarla para los momentos que necesitan más empuje rítmico —por ejemplo, sobre un colchón armónico de notas largas— o, al revés, sumarla justo donde el ritmo ya está explotando.
Más allá de la discusión sobre el sonido, Cortés es categórica en un punto: la articulación no se negocia. Conocer las frases características de los tres tambores ayuda a identificar dónde poner los acentos. El tambor chico, por ejemplo, tiene un canto acéfalo (arranca después del primer pulso) que actúa casi como un péndulo: si un arreglo trae una serie de semicorcheas y no se marca ese acento inicial, se pierde la oportunidad de evocar ese tambor. En la jerga de las comparsas, no respetar esos acentos es "cruzar la cuerda": el ritmo se desarticula aunque cada voz esté tocando, en teoría, lo que le corresponde.
Otro consejo práctico: no acentuar siempre sobre la clave, porque eso "cuadratiza" el género. Conviene mirar cómo está construida la melodía principal: si está muy pegada a la clave, mejor no reforzarla ahí; si está muy sincopada, compensar con acentos más a tierra en otra cuerda.
Como ejemplo de un arreglo que sí capta esta lógica, Cortés menciona uno de Eduardo Ferraudi sobre una canción de Jaime Roos, donde se nota un conocimiento profundo del género en vez de reducirlo a la clave.
Para quien dirige un coro y quiere meterse con un candombe, la charla deja una hoja de ruta clara: entender la función de cada tambor, buscar la versión original antes de confiar ciegamente en la partitura, elegir con criterio la percusión de apoyo y priorizar la articulación por sobre la pulcritud vocal si el objetivo es que el candombe realmente "se arme".