Una de las ventajas de un país tan extenso es que los kilómetros entre una región y otra van acuñando maneras propias de cantar, de expresar lo musical y de escribir la poesía. Este tercer módulo de la historia de los grupos vocales argentinos aprovecha esa característica y cambia de método: en lugar de seguir una cronología, recorre el mapa. Camilo Matta dedica cinco clases a los grupos que aparecieron desde mediados de los años ochenta, a lo largo de los noventa y en la primera década del siglo XXI, región por región.
Los dos módulos anteriores habían contado los orígenes y las influencias, y después los grupos más conocidos y mediáticos de los sesenta y setenta. Lo que sigue es una profusión: como consecuencia de esas dos etapas aparecen grupos en todo el país, demasiados para ordenarlos en una sola línea de tiempo. La geografía resulta el mejor criterio, porque cada región tiene su repertorio, su historia, su manera de hablar y su manera de cantar.
Vale recordar de qué se está hablando: un grupo vocal no es un coro, no es un solista y no es un conjunto folclórico, sino una forma de expresión con características propias. Es una modalidad que atraviesa generaciones y que se renueva en cantidad y en calidad de cultores.
La primera clase recorre las agrupaciones de la ciudad y la provincia de Buenos Aires. La segunda entra en el Litoral, que comprende Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes, Chaco y Misiones, una región con una estética, un repertorio y una manera de vivir comunes que la distinguen con claridad del resto del país.
Ahí aparecen Melipal, Enarmonía, el Quinteto Supremo, Cantigal, Azayé, Tambós y el Cuarteto Carey. Melipal tiene una particularidad que conecta con el módulo anterior: es un desprendimiento de Los Trovadores, uno de los varios que fue teniendo ese grupo a lo largo de sus distintas etapas y formaciones.
La tercera clase va a una de las regiones más importantes de la música folclórica argentina. Empieza por un caso que repite un patrón ya visto: Las Voces del Norte, de Tucumán, un grupo que está a mitad de camino entre el trabajo típico de un grupo vocal y el del conjunto folclórico que lo antecede. Escuchar dónde está exactamente esa diferencia es parte del ejercicio de la clase.
La cuarta clase se detiene en Córdoba, una provincia con larguísima tradición coral, y eso no es un detalle lateral: la relación entre la música de los grupos vocales y la de los coros es estrecha, y en Córdoba se nota.
El grupo emblemático es el Grupo Azul, dirigido y arreglado por Hugo de la Vega, que grabó su disco en Phonogram en 1983. Junto con Las Voces Blancas y Buenos Aires 8, fue uno de los tres primeros grupos de formación mixta: los que empezaron a buscar una sonoridad propia mezclando voces femeninas y masculinas, cuando hasta entonces el formato había sido casi exclusivamente masculino.
La última clase llega a La Pampa, Neuquén, Río Negro y Cipolletti, con características propias otra vez. El caso que abre es el Grupo Vocal Abril, integrado por Jorge Soria, José Couto, Norma Guajardo y Joaquín Prieto, y su versión de «Quimey Neuquén», un loncomeo de Marcelo Berbel y Milton Aguilar. Abril es uno de los primeros grupos en abordar el repertorio patagónico desde la interpretación propia de un grupo vocal.
Atravesando todo el recorrido aparece algo que el curso remarca: la canción argentina alcanzó un nivel poético que la distingue en América Latina, y eso se debe a autores como Ariel Petrocelli, Armando Tejada Gómez, Manuel J. Castilla y Jaime Dávalos. Los grupos vocales fueron uno de los vehículos principales de esa poesía.
Al terminar, quien hace el curso conoce el mapa de los grupos vocales argentinos contemporáneos y puede ubicar a cada uno en su región, con su repertorio y su sonoridad. Para un director o un arreglador que trabaja música popular argentina, es material de referencia: dónde buscar versiones, qué grupo resolvió cada problema de qué manera, y qué tradición hay detrás de un arreglo. Es el tercero de tres módulos; los dos anteriores cuentan los orígenes y la época de los grupos más conocidos.
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