Después de cada concierto o encuentro coral, lo que más aparece no es miedo sino culpa. Los comentarios negativos, cuando llegan, casi nunca se dicen cara a cara: nadie se acerca al terminar una actuación para decir "cómo desafinó tu coro" o "qué timbre horrible tienen tus sopranos". Es más fácil dejarlos escritos, sin mirar a los ojos.
En YouTube apareció, hace un tiempo, un hater que duró apenas dos o tres comentarios: "la verdad es que no enseñás nada" o "lo único que te interesa es vender arreglos". Después desapareció. El comentario más reciente fue distinto —y en cierto modo, más inofensivo—: apenas un "me aburro" con un emoji de resignación. La respuesta fue diplomática: agradecer el comentario y recomendarle otros canales más entretenidos.
El miedo de fondo no tiene que ver con estos comentarios sueltos, sino con la posibilidad de que un maestro señale que los conceptos o la técnica que se enseñan tienen falencias. Ese sí sería un hater de verdad: uno que conoce el oficio y puede fundamentar la crítica.
Ese tipo de miedos y culpas conviven en cualquier director que se anime a exponerse en redes o a dar clases. Son temas de los que los directores casi nunca hablan entre ellos.
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Reconocer la diferencia entre culpa y miedo ayuda a quien dirige un coro a poner los comentarios negativos en su lugar: separar la crítica vacía de la que realmente puede mejorar la técnica y la enseñanza.
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