En las generaciones anteriores a la de Gus Espada hay una sobrevaloración de la cultura del sufrimiento: si algo no cuesta trabajo lograrlo, pareciera que no vale tanto. Pero un poco de ayuda, encontrar quien te resuelva una parte del camino, no viene mal.
Espada tiene memoria para conversaciones, situaciones, localizaciones, e incluso para las obras que dirigió: puede retomar de memoria una pieza que trabajó hace veinte años. Sin embargo, no logra recordar bien cómo era la vida antes del celular y el correo electrónico. ¿Cómo se visitaba a un amigo sin teléfono? ¿Se iba directamente a la casa a probar suerte? Sí recuerda los teléfonos públicos con fichas, aunque él mismo tuvo teléfono recién después de los 25 años.
A los 20 años rindió la "Prueba de suficiencia pedagógica", un examen que existía en Córdoba para cubrir la escasez de maestros de música y plástica: acreditaba a quien tuviera los conocimientos pero no el título habilitante, y daba una habilitación provincial para dar clase en jardín y primaria. Así, de un día para el otro, terminó siendo docente de música en una escuela sin saberse ni una canción para niños.
Faltaban diez o doce años para la aparición de Google y YouTube. Sus amigos del coro, varios docentes de música, le cantaban canciones en los ensayos y le pasaban las letras. Recorría las disquerías comprando las grabaciones de Pro Música de Rosario, que era lo único que se conseguía. Tenía en su casa un LP de María Elena Walsh que se aprendió de memoria.
Cuando empezó a dirigir sus primeros coros, la historia se repitió: buscaba repertorio con las mismas dificultades. Él y otros amigos que también arrancaban dirigían terminaban usando las mismas partituras con sus coros novatos, no solo porque les gustaran sino porque eran las que conocían, por haberlas cantado. Conseguir información sobre compositores y arregladores era, en sus palabras, "otro parto".
Con el correo electrónico y las bases de datos compartidas llegó una felicidad relativa. Pero internet se volvió tan grande que buscar información y material específico terminó siendo, de nuevo, difícil. Por eso Espada decidió darle una vuelta de rosca más y armar cursos de repertorio donde se analizan partituras: autores y/o arregladores, contexto, textos, niveles de dificultad. Todo masticado, para que quien se suscribe solo tenga que decidir si la obra le sirve para su coro. El curso no reemplaza el trabajo del director: estudiar las partes, preparar los ensayos y enseñar sigue siendo tarea suya.
La idea no es evitar el esfuerzo de dirigir, sino ahorrar el tiempo que antes se iba en encontrar y entender el repertorio, para poder invertirlo en lo que realmente hace falta: llevarlo al coro.