Episodio 200: Los tres eslabones de la música


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Una cadena de tres eslabones

El músicólogo chileno Jaime Donoso Arellano, en su libro Introducción a la música en 20 lecturas, describe la música como una cadena formada por tres eslabones: el compositor, el intérprete y el oyente. Aunque no habla de dirección coral específicamente, sus ideas resultan profundamente útiles para quienes dirigimos.

El compositor: transfiguración

El compositor no simplemente crea: transfigura. Toma un material —propio o ajeno, importante o trivial— y le imprime un principio organizador que lo lleva a una dimensión completamente diferente. Donoso pone el ejemplo de Beethoven con las Variaciones Diabelli: un vals común y corriente se convierte en una de las obras cumbres de la música para piano.

Los alemanes usan la palabra Veränderungen (mutaciones) para hablar de variaciones, lo que está más cerca de la idea de transfiguración: transformación en otra cosa. Kundera lo expresó así: en el poema, las palabras corrientes se transforman en cosas eternas. Lo mismo hace el compositor con los sonidos del caos que nos rodea.

El intérprete: habitación y eloquencia

La partitura es un cuarto vacío. El deber del intérprete es amueblarlo y luego habitarlo, vivir en él. Si tengo lo indispensable, tendré una silla, un colchón y un vaso de agua. Si tengo experiencia y años, crearé rincones, distribuyendo armoniosamente, decorando para instalarme con plenitud.

Un buen intérprete necesita dominio técnico, familiaridad con el estilo y, sobre todo, eloquencia: "decir la palabra justa en el tiempo justo, la inflexión, la entonación precisa que da color y relieve, el suspenso, el silencio oportuno y su justa duración".

El director es un intérprete cuyo instrumento está hecho de personas. Su tarea tiene capas: conocer la partitura en profundidad, concertar subjetividades distintas, e interpretar con elocuencia personal. Esta última dimensión es la que hace que prefiramos una versión sobre otra.

El oyente: acto de sumisión

Escuchar música debería ser un acto de peregrinación, aunque sea doméstica: elegir la obra con cuidado, crear condiciones de silencio, invitar a compartir la experiencia, aguzar los oídos. Pascal Quignard decía: "Oír es obedecer". La audición es una forma de sumisión. El oyente obedece a la música, se entrega a ella, la recibe con atención y respeto.

Sin el oyente, la cadena queda trunca. La obra nace en el compositor, se hace sonido en el intérprete, pero sólo llega a existir plenamente cuando alguien la escucha. El acto de audición es el que completa la música.