escuchá el episodio completo 👇
Cuando un coro vocacional encara una obra en alemán, en francés o en latín, el director tiene por delante tres tareas que casi nunca puede delegar: saber qué dice el texto, saber cómo se pronuncia sonido por sonido, y poder transmitirle todo eso a los cantantes de una manera que puedan estudiar en su casa y no solamente en el ensayo. Este episodio cuenta cómo resolvimos esas tres cosas dentro de Somos los que estamos, la aplicación gratuita de gestión de coros para los suscriptores de gusespada.com, y cómo la desarrollamos a dos voces: yo poniendo el criterio musical y una inteligencia artificial escribiendo el código.
No se puede interpretar lo que no se entiende. Si una obra es una súplica, el coro tiene que saber que es una súplica; si no, la va a cantar como si fuera una lista de la compra. Con la pronunciación pasa algo parecido: hace falta saber cómo suena cada vocal y cada consonante, y cómo se unen las consonantes de una sílaba con las vocales de la que sigue.
Yo también he llevado amigos a trabajar la fonética con el coro, y aprendí que trabajarla únicamente en el ensayo no alcanza. El cantante necesita algo para llevarse a su casa.
El alfabeto fonético internacional —el IPA, por sus siglas en inglés— es un sistema de símbolos en el que cada símbolo representa un único sonido, sin ambigüedades. Tiene más de cien años y lo usan los cantantes líricos de todo el mundo. Es la herramienta que resuelve el problema de la pronunciación.
El problema es que leer en IPA es un oficio en sí mismo: requiere un aprendizaje largo y metódico. Yo mismo no lo manejo, aunque la conveniencia de usarlo fue de las primeras cosas que me enseñó mi primer maestro de dirección. Sé que en otros países hay coros que trabajan así y se ahorran muchísimo trabajo, pero pedirle a un coreuta amateur que estudie fonética para cantar una obra es, siendo honestos, un poco mucho.
La idea fue entonces esta: que el director pegue la letra en un formulario, indique en qué idioma está, y reciba cuatro cosas.
Lo primero que me propuso la inteligencia artificial fue un sistema que traducía y transcribía la pronunciación de diccionario, la del idioma hablado. Y ahí hubo que explicarle algo que cualquiera que haya cantado repertorio académico sabe: en la música clásica los idiomas no se cantan como se hablan.
El ejemplo más claro es la R francesa. En el francés hablado es gutural, se produce en el fondo de la laringe; en el canto lírico no se usa esa R, se canta una R vibrante, como la italiana o como la nuestra del español. Lo mismo pasa con el alemán cantado, que tiene reglas propias distintas del alemán cotidiano. Y con el latín, que en el ámbito coral se pronuncia mayormente a la italiana —el latín eclesiástico—, no como lo reconstruyen los filólogos.
La máquina no tenía idea de nada de esto. Se lo expliqué, lo incorporó, y por eso hoy lo primero que pregunta la herramienta es si la obra es popular o clásica: si es popular, el idioma se canta tal como se habla; si es clásica, se aplican las reglas de la dicción lírica. Esa distinción, obvia para nosotros e invisible para la tecnología, quedó como el corazón de la herramienta.
Probé la herramienta con un texto de un lied romántico en alemán y las erres seguían sonando guturales, por más que pedía la corrección palabra por palabra. Nos pusimos a investigar la documentación técnica del sintetizador de voz y apareció el motivo: las voces artificiales tienen un inventario cerrado de sonidos por idioma. La voz alemana sintética solo conoce los sonidos del alemán hablado; la R vibrante que necesitamos para cantar no está en su repertorio de fonemas y no hay manera de pedírsela. Con la voz francesa pasa exactamente lo mismo.
Es una paradoja interesante: la tecnología puede traducir, transcribir al IPA con reglas de dicción lírica y generar audios en segundos, pero hay sonidos que le son imposibles.
La solución fue a la antigua. Debajo de todas las opciones hay un botón para grabar tu propia pronunciación, ahí mismo en el navegador, y ese audio reemplaza al artificial. La máquina hace el noventa por ciento del trabajo y tu oído y tu voz ponen lo que a la máquina le falta. Me parece una buena síntesis de cómo veo el papel de la inteligencia artificial en nuestro oficio: no reemplaza el criterio del director, lo asiste y lo multiplica.
Todo esto se fue puliendo en la conversación, error por error, como quien ajusta una obra ensayo tras ensayo. Desarrollar con inteligencia artificial, en mi experiencia, se parece mucho más a ensayar que a programar.
La herramienta está en Somos los que estamos, en la pestaña Traducción y fonética. Si sos suscriptor de gusespada.com ya la tenés disponible sin costo, como toda la aplicación: pegás la letra y en menos de un minuto tenés la traducción, la fonética y los audios. Cuando está como querés, le das guardar y esa traducción y esos audios les aparecen a tus cantantes en su propia aplicación, para estudiar en casa. Si todavía no estás suscripto y querés ver cómo funciona, hay un recorrido de prueba en somoslosqueestamos.com/demo.
Para un director de coro vocacional, esto resuelve un problema concreto: poder encarar una obra en alemán, en francés o en latín sin depender de que aparezca alguien que domine el idioma, y poder darle a cada cantante un material con el que estudiar la pronunciación durante la semana. Es la herramienta que a Gus Espada, director de coro, le hubiera encantado tener hace treinta años, cuando estudiaba y empezaba a dirigir.