Dirigir un coro por primera vez suele ser un momento caótico: hay que decidir con qué obra empezar, cuándo hacer la prueba de voces, si se podrá completar las cuatro cuerdas o habrá que trabajar a tres voces. Las decisiones que se toman en ese momento fundacional suelen marcar un camino difícil de cambiar después, así que conviene tener en cuenta algunos aspectos antes de arrancar.
Es común empezar poniendo una fecha de inicio, resolviendo la prueba de voces (si no hay ya un grupo armado) y buscando una partitura para el primer ensayo. Sobre la marcha aparecen los problemas: personas no muy afinadas que convendría que no estuvieran, diez bajos, diez tenores, diez contraltos y una sola soprano. O la institución pide no ser muy exigente en la prueba de voces pero después exige una presentación a menos de un mes de comenzar y que "el coro suene lindo". O falta un pianista de ensayo y ya no hay presupuesto para contratarlo. Estas decisiones fundacionales generan después situaciones difíciles, o imposibles, de resolver con el grupo o con la institución.
Si hubo que presentar un proyecto para conseguir la convocatoria, conviene revisarlo; si no se hizo ningún proyecto, escribirlo para uno mismo. Las decisiones básicas a definir por escrito, aunque sea en un borrador, son: si el coro va a tener una finalidad predominantemente artística o predominantemente social; si el objetivo final, más allá de empezar a dos o tres voces, es llegar a las cuatro voces; qué tipo de repertorio se va a trabajar y qué le interesa dirigir al propio director como músico e intérprete; cuáles son los intereses institucionales y qué expectativas tiene la institución sobre el coro; cuáles son (o se suponen) los intereses de los integrantes y si coinciden con los del director; si el coro va a participar de encuentros corales, dar conciertos solamente, viajar o recibir coros visitantes; cuántos ensayos semanales va a tener (uno, dos, tres); y si la idea es dirigir sólo ese coro o varios más.
Es habitual arrancar con objetivos modestos y un repertorio sencillo. Meses o años después, cuando el coro empieza a sonar bien, puede aparecer un grupo pequeño de integrantes que no creció al mismo ritmo que el resto y termina frenando el avance grupal. También puede pasar lo contrario: un coro musicalmente sólido al que, por pedido institucional o cambio de modalidad, ingresan personas que necesitan un trabajo más elemental, lo que genera tensión con los integrantes de más antigüedad.
Quien decide quién entra al coro es el director, y quien responde por esa decisión también es el director. Por eso conviene tener los objetivos claros desde el principio y que la prueba de voces sea coherente con ellos: cambiar de rumbo a mitad de camino es difícil sin provocar algún daño. Si de todos modos hay que cambiar de forma de trabajar, conviene hablarlo con el grupo y buscar consensos antes de actuar.
Aunque el coro pertenezca a una institución mayor, el coro mismo es, a su vez, una institución en crecimiento. No siempre la institución entiende que el coro es más que "un grupo de gente que canta", ni que está integrado por personas con sus propias ocupaciones y horarios, que participan porque tienen ganas. Depende del director conseguir que se comprenda, por ejemplo, que el coro necesita un espacio adecuado y estable para ensayar, disponible en un horario razonable (que suele coincidir justo con el horario en que la institución está cerrada). Con el tiempo, el coro va a ocupar dentro de la institución el lugar que el director esté dispuesto a defender para él.
La conducción de un coro puede ser de estilo "cooperativista", "ultrapersonalista" o cualquier otro. Conviene que el director sea consciente de qué estilo de gestión de grupo elige y por qué, porque cambiarlo después es tan complicado como cambiar cualquier relación humana ya establecida.
El modo de conducción elegido define, entre otras cosas, qué repertorio se hace, qué nivel de dificultad tienen las obras y arreglos, cómo se gestionan las asistencias e inasistencias (o si se gestionan siquiera), en qué tipo de eventos participa el coro y qué objetivos artísticos tiene. Pensar esto de antemano, en lugar de "ir llevando" las cosas sobre la marcha, no vuelve frío ni calculador al director: al contrario, los integrantes perciben coherencia y honestidad, lo que da estabilidad al grupo. Y lo que más conviene tener, más incluso que un grupo de excelentes cantantes, es un grupo estable y motivado.
Esto vale tanto para quien recién empieza como para quien tiene veinte años de experiencia dirigiendo. Cursos de dirección coral, talleres de repertorio específico, clases magistrales, clases particulares con un maestro o simplemente un café con colegas: cualquier instancia de intercambio sirve para no quedar encerrado en la propia burbuja.
Trabajar con música más compleja que la que se dirige habitualmente es útil incluso si ese repertorio nunca se va a poder armar con el propio coro, porque enriquece como músico y esas herramientas se adaptan después a la realidad de cada grupo. Mejores herramientas permiten trabajar mejor, desarrollar la audición y ganar sensibilidad interpretativa también para la música menos compleja.
Lo mismo puede repasarse cada vez que se arma un coro nuevo, no solamente la primera vez. Gus Espada, director de coro, cuenta que cometió errores de este tipo más de una vez a lo largo de su carrera, algunos más graves que otros, a pesar de estar en formación continua: simplemente no existían cursos para varios de estos temas, y en su momento le hubiera servido algún tipo de consejo puntual.
Para quienes están en esa etapa de armar o reordenar un coro y quieren conversar sobre estos temas de manera personalizada, existe una consultoría virtual: quiero la consultoría
Más sobre Creación de coros: