La vocalización es ese momento de cada ensayo dedicado al trabajo vocal grupal: no sirve solo para "entrar en calor" ni para que el coro llegue mejor a los agudos, sino para instalar conceptos básicos de técnica vocal, un vocabulario común (apoyo, fiato, resonadores) y, a partir de ahí, trabajar el empaste y el balance del coro.
En un coro vocacional, con integrantes que cambian de un año a otro y con poca o ninguna técnica vocal previa, el director está construyendo su instrumento todo el tiempo. Es como tener una guitarra a la que hubiera que fabricarle y entonarle las cuerdas antes de cada uso, o un instrumento de viento al que hubiera que limarle o rellenarle los orificios para ajustar cada nota: eso es lo que pasa, en los hechos, cada vez que se vocaliza con un coro.
El problema central es didáctico: una clase de canto individual se sostiene en el feedback constante entre alumno y profesor, algo que se vuelve imposible de replicar con 10, 20 o 60 personas cantando juntas. Por eso los objetivos y las estrategias de una vocalización grupal tienen que ser distintos a los de una clase de canto. Estas son seis maneras concretas de adaptarlas.
El humor colectivo influye directamente en el resultado vocal, y una vocalización repetitiva termina produciendo un sonido apagado. Conviene armar un buen arsenal de ejercicios de respiración, relajación, activación y vocalización propiamente dicha, para no caer siempre en los mismos dos o tres ejercicios.
Dos o tres minutos de chequeo individual dentro de la vocalización grupal permiten escuchar cómo resuelve cada cantante los ejercicios, y además genera más compromiso porque todos saben que pueden ser escuchados en cualquier momento. También sirve escuchar por grupitos de dos o tres personas dentro de cada cuerda: en el sonido del grupo grande siempre se imponen los que cantan más fuerte o resuelven mejor, y quedan tapados los que más necesitan ayuda. La misma lógica aplica a pedir fragmentos de una obra por cuartetos u octetos, o a hacer que toda una cuerda aprenda un solo antes de elegir quién lo va a cantar.
Si en el ensayo aparece una melodía muy aguda o un pasaje complicado por la respiración, ese material puede trabajarse en la vocalización siguiente. Y a la inversa: lo que se trabaja en la vocalización conviene pedirlo explícitamente cuando se ensaya la partitura.
El razonamiento colectivo contribuye a los logros colectivos: cuando el coro sabe hacia dónde apunta el trabajo vocal, empieza a escucharse a sí mismo con otro criterio, y a medida que los cantantes perciben sus propios avances se suma más entusiasmo al trabajo.
Puede ser mental o escrito, pero conviene que exista: anotar después de cada ensayo qué se trabajó y con qué resultado, o planificar de antemano cada vocalización sin necesidad de que sea muy detallada. Tener ese registro evita repetirse, ayuda a no olvidar contenidos y sirve para planificar a futuro, distinguiendo qué funcionó y qué conviene cambiar.
No hace falta un equipo sofisticado: alcanza con un teléfono. Las grabaciones no mienten, y escucharlas después es una manera directa de chequear el resultado real del trabajo vocal.
Ninguna de estas seis estrategias es un secreto, pero sostenerlas con método, planificación y constancia es lo que convierte los minutos de vocalización en una herramienta real de trabajo coral. Dudas, sugerencias o comentarios sobre esto pueden enviarse a gusespada.com/contacto.
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