Montar una obra sinfónico coral trae beneficios y aprendizajes tanto para el coro como para quien dirige. El primer paso es elegir bien la obra, y para eso hay tres criterios a tener en cuenta.
Pensemos en un coro de 30 cantantes entusiastas que aprenden sus partes de memoria. Para ese conjunto, Beethoven no es una opción, Verdi tampoco, y Britten menos todavía: hay que estudiar la sonoridad real de la obra antes de elegirla, porque no toda obra sinfónico coral es abordable por cualquier tipo de coro.
Este criterio agrupa tres cosas que van juntas: el tipo de lenguaje musical de la obra, la dificultad real de las partes corales, y la cantidad de música que el coro tiene que aprender de memoria. Un tip a tener en cuenta: los solistas y las secciones instrumentales alargan la duración del concierto, pero le restan tiempo de aprendizaje al coro, porque ese tramo del programa no requiere ensayo coral.
Hay obras que no admiten arreglo, pero muchas sí. No es necesario contratar la orquesta completa: alcanza con encontrar un arreglador criterioso. El Requiem de Fauré, por ejemplo, se puede hacer con un conjunto de cámara —así fue concebido originalmente— o directamente con órgano o piano solo, una opción que funciona muy bien para un coro pequeño. Incluso hay números sueltos de esta obra, como el Ofertorio, que se pueden incorporar por separado a un programa de concierto sin montar la obra completa.
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