Hay un hábito muy común y bastante detestable: ponerse en "modo social" cuando llegan otras personas. Sonrisa enorme, chistes, voz fuerte. Y después, en la intimidad, aparece alguien completamente distinto: callado, tranquilo, serio. Esa doble postura no permite conectar con quien tenés adelante. Al contrario: pone una distancia enorme.
Algo parecido pasa con quienes reaccionan sin leer completo. Basta escribir una frase como "vocalizar con el coro no sirve para nada, piensan algunos directores" para que aparezcan los que solo leen el arranque y atacan como si fueras el enemigo. El hábito de agredir cuando uno se siente en ventaja también aleja, también rompe la conexión.
Si dirigís un ensayo poniéndote en "modo estoy con otras personas", te va a resultar imposible conectar. Y sin conexión —con adultos, niños o personas mayores— es difícil llegar a algún lado.
Conectar implica decidir, en el momento, qué tipo de rutina de vocalización hacer, si conviene relajación o activación, con qué tono hablarle al grupo y hasta qué profundidad de trabajo se puede esperar en ese ensayo puntual.
Para eso hacen falta herramientas: el conocimiento da opciones. En el curso “Las infancias cantoras: un ordenamiento de recursos”, de Roxana Muñoz, se enumeran los recursos que conviene tener a mano para un ensayo con niños:
La voz propia. El juego. La distribución del tiempo. La receptividad y apertura para cambiar la mirada durante el proceso. Proyectos, repertorios, etc.
Son recursos que, una vez lograda la conexión con los niños, permiten hacer un trabajo estimulante, artístico y productivo.
Para no quedar como un descerebrado hay que conectar con lo que el coro necesita. Pero también hay que conectar con lo que uno mismo necesita.
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