Osvaldo Manzanelli dirige el Coro Polifónico Nacional de Ciegos desde que ganó el concurso para el cargo, después de haber sido durante años integrante de las filas del Coro Polifónico Nacional. En 2007 escribió un artículo llamado "Por qué dirigir un coro de ciegos", y en esta entrevista repasa qué de todo aquello sigue vigente casi dos décadas después.
Manzanelli cuenta que un colega suyo, jefe de cuerda del Coro Polifónico Nacional y subdirector del coro de ciegos, lo invitó a escucharlos antes de irse a vivir a España. Los escuchó cantar una misa en la Catedral Metropolitana y quedó, en sus palabras, enamorado del sonido y de la forma en que interpretaban motetes y música sacra. Un tiempo después se presentó al concurso y empezó lo que él describe como una aventura que continúa hasta hoy.
Según Manzanelli, el coro es un caso único: a diferencia de otras agrupaciones de personas con discapacidad visual orientadas a la inclusión social, el objetivo de este coro es la excelencia musical. Sus integrantes son músicos profesionales que leen musicografía Braille, y no existían modelos previos en los que apoyarse para pensar su dirección: todo fue, dice, una búsqueda personal.
Gus le señaló que la dirección coral suele apoyarse en gestos que dependen de que el coro pueda verlos, y le preguntó qué herramientas tuvo que desarrollar para reemplazar ese lenguaje. Manzanelli explica que encontró señales sonoras que ordenan sin interferir en la música: golpea con un diapasón la malla de su reloj para marcar un corte o un comienzo, con un sonido breve, firme y preciso que el público no llega a escuchar.
La otra herramienta que menciona es la respiración, algo que —dice— comparten todos los seres humanos, canten o no. A través de ella puede dar un comienzo, marcar un corte o movilizar una frase, y advierte que esa respiración cambia según el contexto: no es lo mismo en un ensayo, más estático y analítico, que en un concierto, donde entran en juego la emoción del momento, el público y el estado de cada uno. También canta junto al coro, aunque trata de hacerlo lo menos posible para poder seguir escuchando mientras guía.
Manzanelli describe ensayos donde se habla mucho, porque la lectura en Braille es lenta: la yema del dedo decodifica de a una nota, una sílaba por vez. El trabajo con obra nueva empieza por las notas y después el texto, primero con los jefes de cuerda, que son quienes decodifican los signos y los transmiten a su cuerda. Como cada cantante lee su particella y no la partitura completa, recién en el ensayo general el coro accede a una comprensión más global de la obra.
Sobre la notación explica que el Braille es un sistema de puntos que, según el código que se le antepone, puede representar números o figuras musicales, y que decide caso por caso cuánta información incluir en cada particella: a veces prefiere darles todo el detalle posible —matices, articulación, texto— y otras veces prioriza que la lectura no se vuelva tan lenta por exceso de información. Detrás de cada partitura hay además un trabajo de copistería: un dictante vidente organiza los originales a partir de la partitura que le entrega Manzanelli, y luego otros copistas generan las copias para cada integrante.
Manzanelli sostiene que trabajar con este coro le enseñó cosas que también usa en la dirección de otros coros: reduce sus movimientos al mínimo posible, apoyándose en la solidez que da un ensayo bien trabajado, y entiende que su tarea en el concierto es recrear una emoción y recordar lo trabajado, no controlar cada detalle. Dice que eso lo ayuda a salirse del centro de la atención para que el foco quede en la música.
A quienes le consultan cómo trabajar con una persona ciega en su coro, les recomienda que aprenda música y no dependa solo del oído, porque eso limita el repertorio posible, sobre todo en obras sinfónico-corales extensas que no se pueden memorizar. Para Manzanelli, formar músicos autónomos es también una forma de darles libertad.
Cierra la entrevista con una reflexión sobre el rol del director: dirigir este coro lo obligó a comunicar con mucha más claridad —explicar qué está pasando, por qué se espera, qué ocurre en cada momento— y eso terminó cambiando también su manera de pararse frente a cualquier coro. Entiende al director como un instrumento a través del cual se construye la música, no como el centro de la escena.
Para cualquier director que dirige por gesto y mirada, esta charla es una invitación a pensar qué de la dirección coral depende realmente de lo visual y qué se puede sostener con sonido, respiración y un ensayo bien construido.
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