¿Qué pasa cuando un director sube al escenario y dice "vamos a ver con qué me salen hoy, vamos a tratar de cantar bien"? Ese director le está echando la culpa al coro antes de que suene la primera nota, y el público lo nota.
Gus Espada, director de coro, describe el caso de un colega al que llama Sebastián para ilustrar el problema. Sebastián le tiene vergüenza a su propia actuación: apenas llega a una presentación, pregunta el orden de los coros y, si no le toca cantar primero, busca al director que sí canta primero y le pide cambiar de lugar. Después, al presentar a su coro, se disculpa de antemano en vez de asumir el resultado.
El coro de Sebastián, en efecto, no suena bien. El repertorio está mal elegido: además de feo y cursi, le queda grande al grupo. Arriba del escenario el rendimiento es desparejo. Los cantantes que sobreviven a la vergüenza de la presentación hacen lo posible porque sienten que de ellos depende el éxito de la noche. Los que no, cantan lastimosamente, casi sufriendo.
El problema de fondo no es falta de talento. Es que Sebastián no domina el instrumento coral: no sabe elegir repertorio adecuado al nivel de su grupo ni sacarle el jugo a pesar de sus limitaciones. Cuando un director conoce bien su instrumento —es decir, conoce a fondo las posibilidades y límites de su coro— no necesita echarle la culpa a nadie en público.
El único responsable del prestigio de un coro es su director. Eso se construye eligiendo bien el repertorio, haciendo arreglos propios adaptados al grupo, y enseñándole al coro a estudiar por su cuenta.
El Musescore, un programa para escribir y editar partituras, es una herramienta útil para hacer esos arreglos propios.
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