Al organizar una vocalización conviene pensar en tres momentos con objetivos distintos: activar el aparato fonador, buscar la calidad de sonido y, recién en tercer lugar, ampliar la tesitura. Cada etapa tiene su función y su momento, y saltearlas o mezclarlas antes de tiempo suele traer problemas de tensión y de calidad vocal.
Los primeros ejercicios cantados tienen que ser muy tranquilos: con boca cerrada o con la lengua contra el paladar, siempre con la mandíbula relajada. Esto sirve para activar los resonadores.
Después viene la activación de labios y lengua, con ejercicios de vibración: B larga, B larga combinada con R o con L, sumados a vocales poco tensionantes como la O y la U, o a pares de vocales como I-O o O-I-U. Estos ejercicios despiertan el aparato fonador, sensibilizan la musculatura que se va a usar más exigida más adelante y movilizan los huesos implicados en la resonancia: los de la mandíbula, los senos paranasales, los cartílagos de la nariz y la cara.
Es clave pedirle al coro que sienta el efecto de lo que canta en el propio cuerpo. Si algún cantante dice que no percibe nada, puede tocarse con la punta de los dedos los pómulos, la frente, el esternón o la nariz mientras canta, o trabajar en parejas sintiendo las vibraciones en el compañero.
Todo este trabajo se hace en el registro central de la tesitura, sin buscar ni el agudo ni el grave extremos, con volumen natural, ni fortísimo ni pianísimo. Es un momento de sensibilización y autopercepción, no de estirar la voz.
Acá el objetivo es un sonido limpio, con espacio, buenos armónicos y bien proyectado. Para lograrlo hay que conservar la relajación, seguir trabajando en una tesitura cómoda y usar la respiración de manera constante, coordinada con el aparato fonador.
El error más común es apurar los agudos antes de consolidar el centro: si desde el principio de la vocalización se busca que cada cuerda llegue a sus notas más altas o que el coro cante fortísimo, lo único que se consigue es que los cantantes reemplacen la respiración por fuerza muscular.
Conviene chequear individualmente, aunque sea con un grupo reducido por ensayo, porque al escuchar al coro completo suele parecer que todos aplican lo que se pide, pero no siempre es así. Esa coordinación entre respiración y fonación no se logra al mismo tiempo en todos los cantantes.
Entrar en la zona de los agudos implica siempre una exigencia física y emocional grande para cualquier cantante. Por eso esta etapa solo tiene sentido una vez que las dos anteriores están dadas: aparato fonador activado y sonido central asentado.
Recién ahí conviene llevar al coro hacia los extremos, cuidando no perder la calidad lograda en el registro medio y pidiendo a los cantantes que mantengan la autopercepción para no pasar de la relajación a la tensión sin darse cuenta. Lo mismo aplica para los graves: aunque no se puedan "desarrollar" como los agudos, sí se puede mejorar la calidad y la manera en que cada cuerda llega a ellos.
Estas tres etapas se combinan después con detalles técnicos como la flexibilidad, la agilidad, la dicción y la articulación, buscando siempre como objetivo final el empaste y el equilibrio del grupo. Y todavía queda pendiente el trabajo sobre las dificultades técnicas propias del repertorio que se esté cantando en ese momento con el coro.
Planificar la vocalización con estas tres etapas ayuda a que el trabajo vocal del coro tenga una base sólida: primero activar, después construir calidad de sonido en el centro, y solo entonces animarse a estirar la tesitura sin sacrificar lo que ya se logró.
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