¿Ser creyente o ateo cambia al intérprete? La pregunta surgió con un coreuta que se declaraba ateo de manera abierta, sobre todo en redes sociales. Buen músico, agarraba los motetes que se cantaban en el coro y grababa las cuatro voces con ritmo de cumbia o de música disco, y subía los videos a Facebook con comentarios sarcásticos hacia la iglesia, los curas o el texto de la obra.
Un día, debajo de uno de esos videos, le llegó un comentario: "Che, pero la música no tiene la culpa, ¿o sí?". La respuesta fue clara: "No, la música es hermosa!". Ahí quedó a la vista que, más allá de las diferencias de fe, había coincidencias sobre la música religiosa como música.
Gus no se define como ateo. Se queda con la idea de un profesor de física que sostenía que el ateo es quien tiene una prueba de la no existencia de Dios; sin esa prueba, y sin interés particular en el tema, la etiqueta no aplica. Aun así, siempre estudió la música religiosa con la misma seriedad que cualquier otra música que interpretó, algo que llevó a varios cantantes a suponerlo profundamente religioso.
La cuestión de fondo, como intérprete, es otra: si se dirige un Lied de Mendelssohn seguido de un motete del mismo compositor, algo tiene que sonar diferente entre uno y otro. Para entrenar esa capacidad de diferenciar estilos sirve, por ejemplo, estudiar música popular guiada por su propio arreglador.
En el curso "El arreglo y la tarea del arreglador en el canto coral”, a lo largo de siete clases se analizan baguala, zamba, carnavalitos y canción urbana, con arreglos para dos, tres y cuatro voces mixtas, voces femeninas, coro de niños y coro juvenil. Está a cargo de Camilo Matta. No es solo un curso para arregladores: sirve también para quien dirige, porque ayuda a distinguir qué hace sonar distinto a cada estilo dentro de un mismo repertorio.
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