¿Por qué a veces el coro entra tarde o corta mal, aunque el gesto del director parezca claro? Porque antes de cantar, cada cantante necesita una milésima de segundo para respirar y para recordar cómo tiene que sonar esa entrada: fuerte o piano, staccato o legato. Y para cortar necesita lo mismo: un aviso que le indique el momento exacto, ni antes ni después.
El director funciona como la luz amarilla de un semáforo. Si el semáforo pasara directo de rojo a verde, los autos arrancarían con torpeza; si pasara directo de verde a rojo, frenarían en el medio de la calle. La luz amarilla avisa lo que va a pasar. En la dirección coral, ese aviso es un gesto específico, distinto de todo lo demás, para que el coro sepa que algo está por cambiar.
Para que el coro entienda una entrada o un corte, primero hay que poder diferenciar los gestos que llevan información (cantar más fuerte, más piano, acelerar, frenar, empezar o dejar de cantar) de los que no la llevan, como el simple marcado del compás. Esa diferencia se construye a partir de dos tipos de gesto: activos y pasivos.
Los gestos activos están cargados de energía; pueden ser grandes o pequeños, el tamaño no importa. El problema aparece cuando se dirige todo el tiempo con gestos activos: se pierde la relajación, es imposible que el coro distinga qué es importante, y esa tensión termina reflejándose en el sonido. Los gestos pasivos son lo opuesto: no transmiten ninguna información, apenas marcan el pulso. Lo difícil ahí es lograr que los brazos no hagan ningún movimiento de más.
Un ejercicio simple para sentir la diferencia: marcar un compás de cuatro cuartos entero con gestos activos y notar cómo, casi sin querer, el tempo se acelera y se vuelve imposible imaginar al coro cantando piano o legato con esa dirección. Después, marcar el mismo compás moviendo apenas el brazo entero desde el hombro, sin mover muñecas ni codos: eso es un gesto pasivo. El paso siguiente es combinar ambos en un compás de cuatro tiempos: tres tiempos pasivos y el cuarto activo, repetido varias veces, hasta poder alternarlos con naturalidad.
Una vez que se domina la diferencia entre gesto activo y pasivo, aparece el concepto de levare: el gesto que se hace justo antes del tiempo en el que el coro tiene que entrar o cortar. Técnicamente es el tiempo anterior a la entrada o al corte, y contiene toda la información que el cantante necesita para saber cómo cantar lo que sigue.
Si la entrada es fuerte y staccato, el levare tiene que ser un gesto grande y seco. Si es piano y legato, tiene que ser pequeño y continuo. En cualquier caso, el levare siempre tiene que ser claramente distinto de los gestos que se venían haciendo antes: cargado de energía si se trata de una entrada, y también diferenciado si se trata de un corte.
Si el coro ya viene cantando y hay que dar una entrada nueva, el levare tiene que contrastar fuerte con lo que se venía dirigiendo. Si en cambio es la entrada al comienzo de la obra, con el coro en silencio, conviene hacer antes un gesto pasivo bien pequeño y recién después el levare cargado de energía.
El corte también necesita su levare. Si el coro canta en cuatro tiempos y el corte tiene que caer en el primer tiempo de un compás, el levare se hace en el cuarto tiempo del compás anterior, y en el primer tiempo simplemente se detiene el movimiento de las manos. Algunos directores agregan además un gesto de cierre —con los dedos, girando la muñeca— pero lo que realmente importa no es ese cierre sino el levare previo y la detención clara del movimiento en el momento exacto del corte.
Dirigir conservando el plano: imaginar un vidrio delante del cuerpo y lograr que las manos, con la punta de los dedos, lo toquen todo el tiempo sin despegarse. Conviene practicarlo de costado frente a un espejo, dirigiendo cualquier compás y controlando que las manos no se alejen de ese plano imaginario.
Automatizar la respiración en el levare: contar tres tiempos y respirar en el último, para incorporar el hábito de que el levare es también el momento en que el coro toma aire antes de entrar.
Automatizar el movimiento del levare: hacerlo en el último tiempo de cada compás, durante cuatro compases de dos tiempos, cuatro de tres y cuatro de cuatro, de forma consecutiva.
Con la práctica de estos gestos —pasivo, activo y levare— un director puede pedirle al coro exactamente lo que necesita en cada entrada y en cada corte, sin ambigüedad y sin depender de explicaciones verbales durante el ensayo.
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