Los momentos fundacionales de un coro tienen un peso enorme. Cada coro funciona como una institución, incluso cuando todavía es solo un proyecto en papel, y lo que se establece al principio determina hábitos y conductas que después cuesta mucho cambiar. Por eso conviene pensar con cuidado tres cuestiones antes de dirigir un coro por primera vez.
Tengas o no una carrera de dirección, conviene analizar las propias fortalezas y debilidades. Quien maneja mejor la armonía que la lectura rítmica, o el repertorio popular más que el renacentista, debería empezar apoyándose en lo que domina: elegir el repertorio inicial en función de eso y no al revés. Al mismo tiempo, conviene buscar formación complementaria para las debilidades detectadas, ya sea con un profesor, libros específicos o cantando en otro coro para conocer más repertorio.
Un ejemplo práctico: un alumno tuvo que armar un coro escolar con niños de 8 y 9 años y grabar un video en un mes. Se topó con un melisma (varias notas cantadas sobre una sola sílaba) que los chicos no lograban resolver. La solución fue la misma que se había visto en clase: convertirlo en un juego melódico y rítmico, ponerle texto en vez de una sola vocal, trabajarlo despacio y después llevarlo a tempo. Le funcionó, y fue el momento en que conectó lo aprendido en la formación con la práctica real de dirigir.
Para quienes no tienen formación específica en dirección coral, la recomendación es empezar cuanto antes por algún camino: clases particulares, cursos, talleres, o incluso cursar como oyente en una carrera universitaria si la zona lo permite. No se trata solo de una cuestión personal: el director es el referente del grupo, y no avanzar en la propia formación termina siendo el ejemplo que se les da a los cantantes, tanto en lo musical como en la actitud ante la vida.
Hay coros de perfil más social, donde la gente va a pasar un buen rato cantando sin que el objetivo artístico sea central, y coros armados con cantantes elegidos para perseguir fines más artísticos: repertorio específico, concursos, música de cámara, proyectos sinfónico-corales, murga uruguaya o lo que sea. Ninguno es mejor que otro, pero conviene definirlo desde el principio: es muy difícil convocar gente para un objetivo y después cambiarlo a mitad de camino sin pagar algún precio.
Otras decisiones fundacionales incluyen el tamaño del coro (uno grande y uno pequeño tienen ventajas y desventajas distintas en repertorio, salas de ensayo y de concierto, viajes y nivel de compromiso individual), si va a ser de voces mixtas o iguales, y el rango de edades. Definir estos límites de entrada evita conflictos futuros, como decidir si una persona mayor puede sumarse a un coro de estudiantes o hasta qué edad se considera "niño" en un coro infantil.
Una vez pensado todo lo anterior, conviene poner el proyecto por escrito: cómo, cuándo, con quiénes y hacia dónde se quiere ir. Si el coro depende de una institución, el proyecto debería incluir los fundamentos de por qué esa institución necesita un coro y cómo los objetivos de ambos se cruzan. También es clave definir un presupuesto, aunque nadie ponga un peso: cuánto cuesta cada encuentro, cada concierto, cada viaje, y planificar con tiempo para poder juntar el dinero necesario. El proyecto debería contemplar además objetivos a corto, mediano y largo plazo, y detalles operativos como frecuencia de ensayos, horarios y necesidades de espacio.
Estos tres pasos son apenas el punto de partida: definir estilo de liderazgo, hacer la convocatoria y organizar la prueba de voces vienen después. Para profundizar en esos temas puede consultarse 5 pasos para dirigir tu primer coro. Comentarios y preguntas sobre este episodio se pueden enviar a través de gusespada.com/contacto.