¿Qué problemas de la dirección coral no se resuelven con más ensayo, sino cambiando de enfoque? La cuarta temporada del podcast "Dirección Coral Online" arranca con esa pregunta, a partir de un texto del director estadounidense William Folger, The 7 deadly sins of Choral Conducting (los siete pecados capitales de la dirección coral).
Cuenta la leyenda griega que los habitantes de Frigia, una región de la actual Turquía, debían elegir rey, y el oráculo dijo que sería quien entrara por la puerta del este con un cuervo posado sobre su carro. El primero en hacerlo fue Gordias, un labrador cuya riqueza eran su carreta y sus bueyes. Ya rey, ofreció su carro al templo de Zeus atando la lanza y el yugo con un nudo imposible de desatar; quien lo lograra, se decía, conquistaría Oriente. Cuando Alejandro Magno llegó a Frigia y lo enfrentaron al desafío, lo cortó de un golpe con su espada: es lo mismo cortarlo que desatarlo.
Un nudo gordiano es una dificultad que no admite la solución obvia y que solo se resuelve dando con la esencia del problema. En la dirección coral hay varios de esos nudos, y los siete pecados de Folger apuntan justamente ahí.
El oído interno es la capacidad de escuchar la música leyendo la partitura, sin necesidad de que suene. Folger sostiene que las grabaciones son útiles en el aprendizaje pero no pueden reemplazar esa audición interna. Su recomendación es escuchar un mínimo de tres grabaciones profesionales de cada obra, para tener un campo diverso de interpretaciones, pero recién después de haberse formado una idea propia de cómo debe sonar. Ahí las versiones de referencia sirven para comparar qué resuelve cada director en los mismos puntos.
Sobre la investigación previa, Folger recuerda que el pianista Vladimir Horowitz estudiaba al compositor y la partitura antes de tocar una sola nota. Los antecedentes históricos, la forma, las articulaciones, la estructura de las frases y los grandes centros tonales son el punto de partida del estudio.
Cuando hay texto, dice Folger, la pronunciación correcta, la traducción, la fuente, la unificación de vocales y la colocación de consonantes son cruciales para una interpretación expresiva. Y hacen falta dos traducciones distintas, no una.
La poética sirve para comprender lo que dice el poema, transmitírselo al coro y leérselo al público. La literal sirve para otra cosa: hay idiomas cuya gramática y sintaxis no coinciden con las del castellano, y el director necesita saber qué palabra está en qué lugar de la frase —dónde el sujeto, dónde el verbo, cuáles los adjetivos— para poder analizar qué música le puso el compositor a cada una. La traducción poética acomoda las palabras para transmitir el sentido del verso, y por eso no sirve para ese análisis.
Una vez formada la partitura en la cabeza del director, viene el plan de ensayo. En la primera etapa Folger propone que los cantantes lean a primera vista las partes de las otras cuerdas, si el coro tiene buena lectura. Al hacerlo cambia la sonoridad, cambian las inversiones de los acordes, y el grupo entiende la obra a otro nivel de profundidad, no solo su propia línea. Hay que tener en cuenta los cambios de octava y las limitaciones de las voces masculinas al cantar una parte femenina.
Un detalle del texto que vale subrayar: cada vez que Folger habla de lo que el director le dice al coro, agrega la palabra concisas. Instrucciones concisas sobre la forma y la estructura de las frases. El uso de las palabras en el ensayo es en sí mismo una cuestión de técnica.
Un proceso completo de preparación anticipa los problemas antes de que aparezcan frente al coro: calderones, cambios súbitos de tempo, cambios dinámicos, metros asimétricos, errores en la partitura o en el texto, marcas expresivas. Y también las dificultades técnicas concretas de cada cuerda, como la modificación de vocales que necesitan las sopranos en la tesitura aguda o una melodía que cae en una zona incómoda del registro. Estudiar la partitura no es un trámite previo al ensayo: es lo que hace que el ensayo rinda.