Enrique VIII suele quedar asociado a sus seis matrimonios, a la ruptura con la Iglesia Católica o a la decapitación de Ana Bolena. Todo eso es cierto, pero hay una faceta menos conocida: este rey también componía música.
Antes de llegar a lo musical, vale un resumen de su historial amoroso. Catalina de Aragón fue su primera esposa, con la que estuvo casado más de veinte años; como no le dio un hijo varón, Enrique anuló el matrimonio y rompió con la Iglesia para poder volver a casarse. Ana Bolena, la mujer por la que desafió al Papa, le dio una hija, la futura Isabel I, pero no el heredero varón que buscaba, y terminó decapitada. La tercera esposa, Juana Seymour, sí le dio ese heredero, Eduardo VI, pero murió poco después del parto. Ana de Cléveris, la cuarta, fue un matrimonio arreglado que duró apenas seis meses: Enrique decía que no le gustaba físicamente y lo anuló. Catalina Howard, mucho más joven que él, fue acusada de infidelidad y también decapitada. La sexta y última esposa, Catalina Parr, logró sobrevivirlo.
De chico lo preparaban para ser sacerdote, así que Enrique recibió una educación musical de primer nivel. Cuando se convirtió en rey, transformó la corte en una especie de festival musical permanente: llegó a tener más de cincuenta músicos a su servicio, cuando su padre solo había tenido cinco. Tocaba el laúd, el virginal (un instrumento de teclado de la época) y el órgano, y hasta componía sus propias obras. Se dice que podía escuchar música durante horas sin aburrirse.
La respuesta es ambigua. Escribió muchas canciones y algunas quedaron en la historia, como "Pastime with Good Company", una de las composiciones más populares del renacimiento inglés. También intentó escribir obras más complejas, pero su talento no estaba a la altura de su ego. Aun así, dejó varias piezas interesantes que todavía se pueden escuchar hoy.
Enrique VIII tenía muchos defectos, pero el aburrimiento no era uno de ellos: entre ejecuciones, reformas religiosas y escándalos amorosos, encontró tiempo para dejar una huella también en la historia de la música. Para quien dirige un coro, es un recordatorio de que el repertorio renacentista guarda sorpresas fuera de los nombres habituales, y de que hasta los personajes más oscuros de la historia pueden aportar algo a la música coral.