Francis Poulenc y la Acentuación del Latín en la Música Coral Francesa


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Cuando Francis Poulenc estrenó su Gloria en 1961, hubo quien lo acusó de irreverente, incluso de no saber pronunciar el latín. Once años antes, el crítico Claude Rostand lo había descrito como "un amante de la vida, travieso y bondadoso, tierno e impertinente, melancólico y serenamente místico, mitad monje y mitad delincuente". Con esa fama, no sorprende que algunos leyeran sus acentuaciones "raras" del latín como un error. Pero no lo eran: eran parte de una tradición muy larga.

Una transgresión con siglos de historia

Desde el Renacimiento, los compositores franceses trataron el latín con una flexibilidad que los compositores italianos, más apegados a la prosodia clásica y eclesiástica, no se permitían. Los franceses adaptaban el idioma a la acentuación natural de su propia lengua. Josquin des Prez, aunque de origen franco-flamenco, ya influyó en esta práctica transgresora. Más adelante, Clément Janequin y Orlando di Lasso jugaron con la acentuación priorizando la claridad del texto para el oído francés, y compositores como Jean Mouton y Antoine Brumel llevaron la tendencia todavía más lejos, acercando la prosodia latina al francés hablado en sus motetes y misas.

El siglo XIX y la paradoja de Solesmes

En el siglo XIX, la restauración del canto gregoriano impulsada por la abadía de Solesmes puso la pronunciación "correcta" del latín en el centro de la música sacra. Y sin embargo, ni siquiera ese renovado interés por la autenticidad frenó a compositores como Gabriel Fauré y Maurice Duruflé, que siguieron ajustando la acentuación latina a su propia visión musical. Fauré, en su Requiem, usa una dicción que suena más natural para un francófono. Duruflé incorpora elementos del canto gregoriano, pero también moldea la acentuación según su armonización, más moderna.

Poulenc, heredero de la tradición

Ahí aparece Poulenc: profundamente religioso pero sin reparos para desafiar las normas establecidas. En sus Cuatro motetes para un tiempo de penitencia y en el Gloria hay pasajes donde la acentuación del texto latino suena más francesa que romana. En el Gloria, frases como "et in terra pax hominibus" o "qui sedes ad dexteram Patris, miserere nobis" reciben acentos que parecen sacados del francés hablado, rompiendo la monotonía esperable para quien está acostumbrado al latín litúrgico tradicional.

¿Poulenc no sabía latín? Por supuesto que sí sabía: lo moldeó a su manera, como hicieron tantos compositores franceses antes que él. De Josquin a Fauré, la tradición coral francesa demostró una y otra vez que el latín no es un lenguaje estático sino una materia viva, interpretada en cada época según su propio sonido y sensibilidad. Poulenc, lejos de ser un ignorante, seguía esa larga tradición de transgresión, y en ella creó algunas de las obras corales más emocionantes del siglo XX.

Para quien dirige un coro, esto cambia la manera de abordar estas obras: antes de "corregir" una acentuación latina que suena extraña en Poulenc, Fauré o Duruflé, conviene preguntarse si no es, justamente, una decisión estética heredada de siglos de música coral francesa.