Entrevista con Néstor Andrenacci


Podcast
img

Néstor Andrenacci llegó a la dirección coral por un camino poco lineal. Nació en Bahía Blanca, su madre era maestra y su padre, con el tiempo, se doctoró en ciencias económicas. De chico probó varias cosas: un deporte de contacto que no siguió practicando, inglés, un curso de técnico de radio. Ya en el secundario empezó a estudiar violín con un profesor alemán del barrio, pero el instrumento perdía siempre contra un baldío donde se jugaba al fútbol camino a la clase.

Terminado el secundario empezó la carrera de matemática y, en simultáneo, cantaba en un coro. De ahí lo invitaron a integrar un grupo vocal, que terminó dirigiendo sin tener todavía una formación musical sólida. Fue el punto de partida para ponerse a estudiar en serio. En su familia se cantaba mucho en las reuniones, sobre todo en Navidad, de oído y sin partituras; una tía tocaba muy bien el piano y en especial el tango, y alrededor de ella la familia bailaba.

De dónde viene la curiosidad

Andrenacci reconoce que siempre está buscando algo distinto: recursos para la técnica de ensayo, nuevas formas de trabajar la técnica gestual, ejercicios de vocalización. Dice que no se trata de ser inquieto sino de no sentirse cómodo con algo demasiado pautado, y de que la conciencia de una carencia lo empuja a estudiar y curiosear. Esa curiosidad la satisface muchas veces fuera de la música: el teatro, la dirección de actores, el cine, la dirección de equipos de fútbol. Con su hija, actriz, compartió trabajo en más de una ocasión, y esa experiencia le abrió la relación con el espacio, con el cuerpo y con el otro dentro del ensayo coral.

Sobre el repertorio que le queda pendiente, la respuesta es que no hay nada que no le dé ganas de hacer: siempre vuelve con entusiasmo a obras que ya dirigió, buscando revisarlas bajo una luz nueva, y a la vez sigue queriendo conocer piezas que todavía no trabajó.

Lo que falta: música en la escuela

Consultado sobre qué le falta al movimiento coral en Argentina, Andrenacci apunta directamente a la formación de base: los coros infantiles y escolares, y el lugar que tuvo (y fue perdiendo) la música en la currícula. Desde la década del 90, dice, las materias artísticas —música, dibujo, pintura, baile— se fueron relegando en las escuelas, y eso se paga como una carencia cultural de fondo.

Cuenta que en un intercambio de directores en Estados Unidos conoció un estudio hecho por una asociación regional de directores de coro, que comparaba la inversión estatal en programas artísticos con la inversión en cárceles, rehabilitación de adicciones y prevención de violencia, en una época de fuertes recortes a la cultura. La conclusión que citaron los autores del estudio era que por cada dólar ahorrado en programas artísticos, había que gastar mucho más en esos otros rubros. Para Andrenacci la lectura es clara: no invertir en cultura y educación es, incluso en términos puramente económicos, mal negocio, y en términos humanos la pérdida es todavía mayor.

Su propuesta no es una currícula rígida sino algo más espontáneo: que la escuela sea un lugar donde cantar por el placer de cantar —una zamba, un tango, un gato, un chamamé— y que alguien coordine eso con libertad, dejando lugar a lo que cada chico y cada maestro trae.

Reflexiones sobra la interpretación de música coral

La charla completa acompaña un ciclo de cinco encuentros en video que Andrenacci preparó, y sirve como introducción a las ideas que ahí desarrolla con más detalle sobre la interpretación de música coral.