Un arreglo a capela es aquel escrito para ser interpretado únicamente por voces, sin ningún instrumento. Un arreglo con acompañamiento armónico, en cambio, está pensado para sonar junto a un instrumento como el piano o la guitarra, que sostiene los acordes y completa la textura. Mezclar estos dos mundos sin criterio trae consecuencias sonoras y expresivas que muchas veces pasan desapercibidas para quien dirige.
Es habitual que los directores agreguen un instrumento armónico a los arreglos de música popular sin fijarse si la partitura fue pensada para eso, sobre todo cuando el coro tiene problemas de afinación. Esto no está mal en sí mismo: cuando los cantantes no tienen una referencia auditiva interna, necesitan una referencia externa, al menos por un tiempo. El problema aparece cuando ese instrumento tapa texturas vocales trabajadas con detalle, o cuando se hace a capela un arreglo que necesitaba el instrumento para completar su sonoridad.
Cuando un arreglo está pensado sin instrumentos, el arreglador suele sustituir ese acompañamiento por medio de las texturas: melodía acompañada, tratamiento contrapuntístico, puentes y transiciones que llenan los huecos entre frases o secciones. También se asegura de completar el plan armónico solo con las voces disponibles. Si a ese arreglo se le suma de golpe un instrumento con su propio arpegiado, se produce una superposición de elementos y, si no se le pasa el cifrado correcto al instrumentista, también una superposición de armonías.
Cuando el arreglo está pensado para coro más instrumento, el arreglador suele dejar a cargo de ese instrumento funciones completas: la línea de bajo, cuando el coro no tiene voces graves suficientes, o la sonoridad completa del plan armónico, algo muy común en arreglos a tres o dos voces. Quitar el instrumento sin reemplazar esas funciones deja el arreglo sonando vacío, estático, sin el movimiento que el arreglador tenía previsto.
El primer paso es revisar si hay alguna indicación explícita, generalmente después del título: "acompañamiento obligatorio de guitarra o piano" o simplemente "a capela". Si el arreglo trae un cifrado, probablemente admita un instrumento armónico agregado.
Cuando no hay ninguna indicación, hay que analizar la partitura. Conviene mirar qué pasa en los finales de frase y de sección: si el arreglador escribió puentes o transiciones para evitar que la música se detenga, es señal de que pensó el arreglo sin instrumento, porque los instrumentos no se detienen y esos huecos no existirían si el arreglo estuviera pensado con acompañamiento.
También hay que revisar las texturas. Un arreglo con textura homorrítmica —todas las voces con el mismo ritmo que la melodía— se frena cuando la melodía se frena, y ahí un instrumento de percusión puede alcanzar para darle movimiento, sin necesidad de un instrumento armónico. Si en cambio el arreglo ya es rico en texturas y contrapuntos, agregar un instrumento exige mucho cuidado para que sume en lugar de enturbiar lo que ya está escrito.
Por último, conviene revisar la armonía: si hay dudas sobre cómo va a cifrar el instrumentista, es mejor que el propio director prepare el cifrado, para evitar armonías superpuestas sonando al mismo tiempo.
Un caso claro es el de los arreglos donde el coro y una banda completa se reparten funciones. En un proyecto sobre "El lado oscuro de la luna" de Pink Floyd, con coro y banda de piano, guitarra, bajo y batería, no tuvo sentido escribir una voz de bajo tradicional para el coro porque el bajo eléctrico ya cubría esa función. Hacer esos mismos arreglos solo con coro, sin la banda, los deja completamente vacíos, porque están pensados para que ambos conjuntos se complementen.
Si un arreglo de ese tipo gusta pero no se cuenta con el instrumento, conviene hacer una adaptación que cubra los vacíos que quedan al cantarlo solo con coro. Curso de adaptaciones de arreglos corales I La otra alternativa es encargar o escribir un arreglo distinto del mismo tema, pensado directamente para ser cantado a capela, o elegir otra partitura.
Detectar estos criterios antes de armar el repertorio evita perder sutilezas escritas en el arreglo o, al revés, dejar la música vacía por sacarle un instrumento que cumplía una función esencial.