¿Por qué la segunda voz cuesta tanto más que las otras que ya se trabajaron en el curso? Las terceras paralelas son esa segunda voz que canta el mismo ritmo y el mismo texto que la melodía, pero desplazada siempre a la misma distancia de tercera, hacia arriba o hacia abajo. Es el recurso que cualquiera hace casi sin pensar cuando alguien saca una guitarra en una reunión, pero enseñarlo de manera consciente a un coro entero es otra historia: la distancia entre la melodía y esa segunda voz es mínima, y eso exige una discriminación auditiva muy fina. Algunas personas del grupo ya la traen de antes; a otras les cuesta mucho, y algunas quizás nunca la saquen solas.
Cuando el grupo no tiene esa costumbre, conviene empezar por afuera del propio coro: llevar grabaciones de otros conjuntos o cantantes que canten a dos voces y analizar junto con ellos cómo se mueve esa segunda voz. Después se puede probar que el director cante la segunda voz mientras el coro sostiene la melodía, para que la escuchen "por dentro" del arreglo. Recién más adelante se invierte: el director canta la melodía y se le pide al coro que intente sacar la segunda voz. Ese momento suele ser un caos al principio, y hay que dejarlo ser. La clave es no cantarles nosotros la voz para que la copien, porque si el coro la aprende por imitación directa, después no va a poder sacarla por sí mismo nunca más.
El trabajo se apoya en ejemplos concretos de chacareras y bailecitos, como el que arranca "Viejo canto de mis pagos, viejo como el salitral". Una vez que todo el grupo puede cantar la segunda voz con buena afinación, se retoma el procedimiento ya conocido de las clases anteriores: repartir la letra, marcar los cambios de acorde, dividir el coro en dos grupos —uno con la melodía y otro con la segunda voz— e intercambiar los roles. Si el salto directo resulta demasiado difícil y el grupo se pierde, conviene ir por pasos intermedios: por ejemplo, hacer que un grupo cante la segunda voz recién aprendida y otro la voz de las fundamentales o la voz intermedia, como en "Santa Marta tiene tren" o en "Escondido me han pedido", y sumar la melodía al final, cuando las demás voces ya están afianzadas.
La segunda mitad de la clase es una primera aproximación a la improvisación coral, pensada para armar introducciones e interludios. La idea es tocar la base armónica de la canción y pedirle a algunos integrantes —un solista, un dúo, un trío— que inventen melodías escuchando la guitarra y eligiendo notas que estén dentro de los acordes que suenan en ese momento. Cuando surge un motivo que funciona, se lo fija, se le enseña a una de las cuerdas y con eso queda armada una introducción o un interludio propio del arreglo.
El cierre insiste en una idea que atraviesa todo el curso: la propuesta funciona con flexibilidad, adaptándose a cada grupo y cada director, pero no rinde si se adelantan etapas antes de que el paso anterior esté asegurado, ni si el director le da al coro las soluciones en lugar de dejar que las encuentre. El objetivo no es un arreglo prolijo desde el primer ensayo, sino que el propio grupo descubra su potencial creativo y se anime a proponer sus propias ideas musicales, aunque al principio no suenen del todo bien.
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