Dirigir un coro y cantar en un coro dejan aprendizajes distintos. Quien dirige aprende de técnica, repertorio y organización. Quien canta, en cambio, aprende otra cosa: a convivir de cerca con personas muy diferentes a uno mismo.
Antes de dedicarse a la dirección coral, Gus Espada cantó en el coro de una colectividad de inmigrantes. Ahí no solo aprendió la fonética del idioma de esa comunidad: también conoció de cerca lo que sienten los exiliados, el deseo de volver que nunca termina de irse. Esa cercanía con una experiencia ajena mejoró su empatía y, con eso, su forma de interpretar música coral.
La empatía es la capacidad de ponerse en el lugar del otro. Para un director de coro no es solo una herramienta de trabajo con el grupo: también es una forma de vivir. Cantar en un coro enseña que se puede convivir, tener amistad y sentir afecto por personas con ideas y pensamientos muy distintos a los propios, sin necesidad de coincidir en todo.
Si distintos directores pueden hacer interpretaciones distintas de una misma obra y todas tienen valor, eso muestra algo más general: es posible vivir con alegría en un mundo de diferencias, siempre que cada persona tenga derecho a expresarse libremente sin importar qué piense o sienta.
Lo que se aprende cantando en un coro durante la infancia y la adolescencia suele quedar para siempre. Por eso hace falta que más niños y jóvenes tengan la oportunidad de cantar en coro. Para quienes dirigen o quieren dirigir coros de chicos y adolescentes, existe el curso Bases para la dirección de coros juveniles escolares, enfocado en las bases de ese trabajo específico.
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