Al dirigir, los brazos se mueven en dos planos: el vertical y el horizontal. Hay un tercer plano, el de la profundidad —el que va de adelante hacia atrás del cuerpo del director—, que conviene evitar: el coro, que está de frente, no distingue con precisión los movimientos que se hacen en esa dirección, así que terminan siendo gestos desperdiciados.
Para comprobar si se está respetando el plano correcto existe un ejercicio simple: pararse contra una pared (o frente a un espejo) y dirigir haciendo de cuenta que se pinta la pared con la punta de los dedos, sin que esa punta se despegue nunca de la superficie. Si los dedos se despegan, es señal de que se está invadiendo el plano de la profundidad.
El ámbito es la zona del espacio, delante del cuerpo, donde conviene mover los brazos. En el plano vertical, ese espacio va desde la cintura —hasta donde llega el aparato costodiafragmático, el que se usa para respirar— hasta la altura de los hombros. Dirigir por debajo de la cintura no tiene sentido porque los brazos no llegan cómodos y el coro apenas los ve. Dirigir por arriba de los hombros tampoco conviene: le pide al coro que comprometa esa zona alta del cuerpo, cuando lo que se busca es que cante con los hombros relajados.
En el plano horizontal, el centro de ese círculo imaginario es el medio del pecho. Las manos nunca deben cruzarse hacia el lado contrario, porque eso transmite información confusa. Y tampoco conviene abrir demasiado los brazos hacia los costados: si se separan mucho del cuerpo, se pierde el control sobre el sonido del coro.
Son los movimientos que no comunican nada musical: mover codos, hombros o muñecas sin que respondan a una intención de dirección. Cuando no hay música que dirigir, el gesto debería quedar completamente neutro, marcando solo el pulso de cada compás, sin agregados.
Dos errores comunes entran en esta categoría. Uno es subdividir de más, marcando el "y" entre cada tiempo cuando no hace falta. El otro es acentuar el gesto —dirigir "con violencia"— sin que haya un pasaje musical que lo justifique. Si no hay música sonando, el gesto no debería tener ni subdivisiones ni acentos propios.
Los impulsos activos son los que llevan energía, como los que se necesitan para marcar un levare (el impulso o preparación que antecede y da inicio a un ataque). Los impulsos pasivos, en cambio, no cargan ninguna energía.
Para lograr que la mano y el brazo se muevan relajados, sin tensión, sirve el ejercicio del titiritero: imaginar que de la punta de los dedos salen unos hilos y que alguien tira de ellos desde arriba. Lo primero que se levanta son los dedos, después la mano, y por último el brazo. Si el titiritero soltara el hilo, el brazo debería caer solo, sin resistencia.
Otra imagen útil para sostener la postura inicial es la de un colchón de aire, como un salvavidas alrededor del cuerpo, sobre el cual se apoyan los brazos al dirigir.
No hace falta pasar horas frente al espejo: alcanza con tres minutos diarios de práctica constante para que estos movimientos se automaticen. Conviene repasar el gesto neutro cuando se practican los esquemas de compás, y sumar el ejercicio de la marioneta a la rutina diaria: con eso se logra relajar correctamente brazos y manos, y automatizar la forma de subirlos y bajarlos sin tensión.
Dominar estos planos y este ámbito mejora la precisión del gesto frente al coro, evita enviar señales confusas a los cantantes y ayuda a que el resultado sonoro se corresponda con lo que el director tiene en mente. Todo esto se desarrolla paso a paso en el curso Técnica de Dirección I, disponible en Gusespada.com. El sitio también tiene un curso sobre “Primeros Pasos en Redes Sociales”, pensado para coros y directores que manejan las redes de sus propios grupos.
Gusespada.com · “Primeros Pasos en Redes Sociales” · Técnica de Dirección I
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