Antes de escribir una sola nota del arreglo, conviene tener claro el cifrado armónico que se va a usar: es la notación que indica qué acorde suena en cada momento (por ejemplo Do mayor, Sol con séptima, La menor), independientemente de en qué inversión o distribución esté. Escribirlo primero funciona como un mapa: permite ver la estructura armónica completa de la pieza antes de decidir qué canta cada voz.
Con ese mapa armónico a la vista, el paso siguiente es buscar que el bajo cante la fundamental de esos acordes. La fundamental es la nota que le da nombre al acorde y sobre la cual se construyen el resto de los intervalos: en un acorde de Do mayor (Do-Mi-Sol), la fundamental es el Do. Cuando el bajo entona justamente esa nota, el oído recibe la raíz armónica de manera directa, sin ambigüedad, porque no hay que "adivinar" el acorde a partir de una nota que en realidad es la tercera o la quinta.
El resultado práctico es que el arreglo gana en sonoridad: los acordes se escuchan más claros, más estables y con mayor peso, porque la base sobre la que se apoyan las demás voces coincide con la raíz real de la armonía. Para quien dirige o arma un arreglo, esta es una decisión simple de tomar en la etapa de planificación que evita después tener que corregir un bajo que "no cierra" o que deja el acorde sonando ambiguo.
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