Problemas que nos genera hacer una buena clasificación de voces


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Cuando un cantante de ópera es soprano, tenor o barítono, esa etiqueta describe una voz ya formada, con años de entrenamiento, capaz de abordar con solvencia un repertorio determinado sin amplificación. En un coro vocacional la situación es otra: decir que alguien es soprano o barítono significa que esa persona tiene un instrumento que, entrenado, podría alcanzar cierto rendimiento. Es una hipótesis de trabajo, no un diagnóstico cerrado.

Cómo se describe una voz

El parámetro más evidente para clasificar un tipo vocal es la extensión (a veces llamada tesitura): desde qué nota grave hasta qué nota aguda puede cantar. Pero hay una idea previa necesaria: se canta con el centro de la voz, no con los extremos. La voz funciona como un objeto elástico que se estira desde ese centro hacia los extremos, aproximadamente un tercio hacia los graves y dos tercios hacia los agudos. Por eso, para definir una voz conviene mirar dos cosas: la octava central y las notas extremas que resultan realmente útiles para cantar con matices y afinación precisa.

La octava central arranca en la zona de la voz hablada. En voces graves y medias esa zona ronda el si y el re bemol; en voces agudas, el mi bemol y el fa sostenido, es decir, alrededor del do central en las voces femeninas y una octava abajo en las masculinas. Identificar la altura de la propia voz hablada —y notar si está desplazada hacia lo grave o lo agudo, lo que suele ser motivo de consulta con un fonoaudiólogo— es un ejercicio útil para empezar a conocer las voces de un coro.

Con esos criterios, las extensiones típicas quedan así: la soprano tiene su octava central de fa a fa, con un do agudo y sobreagudos posibles, y un si bemol (o un re, si es ligera) como extremo grave. La mezzo se separa de la soprano por una tercera menor: octava central de re a re, si agudo y sol grave. La contralto baja otra tercera menor: do a do, sol agudo y fa grave. El tenor es como una soprano octavada: fa a fa, con el clásico do de pecho y un do grave (o re, si es ligero). El barítono va de re a re, con la bemol agudo y sol grave. El bajo se corresponde con la contralto, una octava abajo.

El problema de cantar a cuatro voces

Estos parámetros están pensados para voces profesionales y funcionan como buena meta de crecimiento para cantantes en formación, pero chocan con la realidad de casi cualquier coro amateur. La mayoría del repertorio coral está escrito a cuatro voces, no a seis, y muchos coros directamente trabajan con una sola cuerda masculina. El resultado: las sopranos cantan partes escritas para sopranos, pero las mezzos terminan casi siempre en la cuerda de contraltos (contraltos reales son escasas, sobre todo en voces jóvenes) y los barítonos van a la cuerda de bajos junto a los pocos bajos reales que aparecen.

A esto se suma un problema de escritura: muchas partituras a cuatro voces ubican la parte de contralto en la zona media-grave con poca llegada al agudo, exigen mucho el agudo en la parte de tenor y mucho el grave en la parte de bajo. Así, las voces intermedias —mezzos cantando de contralto, barítonos cantando de bajo— quedan sin un lugar cómodo donde cantar, y los tenores terminan colgados de los agudos todo el tiempo. De ahí salen buena parte de los problemas de empaste, afinación, rango dinámico y sostén de frases que aparecen en los coros vocacionales.

Qué hacer con esto

El objetivo artístico —hacer música desafiante y disfrutable— no tiene por qué estar en tensión con el crecimiento vocal del coro: se pueden compatibilizar eligiendo con cuidado el repertorio y mirando específicamente cómo está tratada cada parte en cuanto a alturas. La opción más práctica es animarse a hacer arreglos a medida del propio coro (hay más detalle sobre cómo encarar ese proceso en Cómo escribir un arreglo ‘a medida’: el caso de “Cactus”- parte 1), porque quien dirige conoce cada voz que lo integra y puede escribir partes que desarrollen la octava central de cada cuerda, que no dejen a barítonos y mezzos siempre en el registro súper grave, y que no obliguen a los tenores a vivir en el extremo agudo.

Vale la pena recordar por qué esto importa tanto: por una simple cuestión de tiempo, el repertorio —no la vocalización— es el material principal de ejercitación vocal de un coro. Es lo que más se canta, se repite y se estudia. Por eso, pensar el repertorio también como herramienta de desarrollo vocal, y no solo como fin artístico, es lo que permite que cada cuerda encuentre un lugar cómodo donde sonar y crecer.