La sociedad es competitiva, y la música no queda afuera de esa lógica. Casi no hay instancia de la interpretación en que un director no esté, de alguna manera, compitiendo: con otros coros, con las expectativas del público, con su propia versión anterior de una obra. Es una realidad legítima hasta cierto punto, pero la competencia bordea la seducción, y de ahí para abajo, según César Ferreyra, todo se emponzoña.
El riesgo es nivelar hacia abajo: perder la fe en los ideales que inspiran una creación musical que, por naturaleza, debería nivelar hacia arriba. El director necesita serenidad para que su mensaje llegue sin caer en la tentación de "calentar la cabeza" del auditorio en lugar de conmoverlo, que es, en definitiva, la función del arte musical.
Una interpretación que provoca alaridos, frenesí o alboroto puede no haber sido comprendida realmente por el público. El silencio, sostiene Ferreyra, es el signo más elocuente de aprobación. Buscar el éxito a través de adhesiones superficiales se parece más a los ruidos de un acto político que a la mirada serena que exige el arte coral.
Ferreyra juega con la etimología: éxito significa salida, y la gran salida es la muerte. La música, arte vivo para los vivos, no necesita de ese ingrediente. Pero tampoco se trata de caer en el extremo opuesto: la solemnidad y el aburrimiento que suele acompañarla no son la respuesta.
Lo que propone, en cambio, es buscar la penetración del público con una balanza precisa de criterio, sin perderse detrás del fenómeno acústico y recordando que se trata, en esencia, de un fenómeno espiritual y de acción poética. Lejos del ruido y de la euforia desmedida, ahí es donde se hace música con la verdad cordial de su propia esencia.
Para quien dirige un coro, esta reflexión funciona como recordatorio: la búsqueda de aprobación inmediata puede desviar el trabajo artístico de su verdadero propósito, que no es impresionar sino conmover.