¿Alcanza con tener buena técnica de brazos para ser un buen director de coro? César Ferreyra, en un fragmento de su libro "Cuentos Corales", plantea una paradoja que cualquiera que dirija un coro reconoce tarde o temprano: hay directores con excelente técnica académica que no logran transmitir ninguna emoción artística, y directores con poca formación técnica que, movidos por su imaginación, consiguen resultados genuinos respetando autores y estilos.
Ferreyra apunta contra un tipo de enseñanza —la de los métodos de tradición anglosajona— que describe con precisión los movimientos de brazos para clarificar una idea musical frente al coro, pero que a veces termina incomunicando al director de sus dirigidos. Incluso los dedos de las manos están codificados desde los orígenes de la música occidental, con el sistema de Guido d'Arezzo. Pero de esos dedos, esas manos, esos brazos, dice Ferreyra, no surge la música viva: surge de la comunicación subjetiva entre el director y el coro, que no tiene por qué prescindir de la palabra hablada.
El consejo central del fragmento es concreto: cuando una partitura tiene un desarrollo rítmico conflictivo —por alteraciones de ritmo, acentos o compás— el director no debe hacer gala de dominio absoluto de manos y brazos, sino simplificar las marcas hasta que no interfieran con la respiración ni generen ataques violentos. La gestualidad no debería distraer del objetivo final, que es la expresión musical, ni convertir al director en lo que Ferreyra llama "un molinete".
El ejemplo que da es el de un pasaje con ritmo obsesivo y figuras repetidas: ahí, dirigir enfatizando con cintura, brazos o piernas sería reiterar visualmente algo que ya es un recurso puramente musical, sin sumar nada. Y si la dificultad rítmica es insalvable, la recomendación es directa: diferir el aprendizaje de esa partitura y optar por algo más natural y saludable, porque —como cierra el propio texto— no se trata de superar récords ni escalar montañas, sino de divertirse divirtiendo a los demás.
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