¿Qué diferencia hay entre alguien que canta una melodía en otro tono y alguien que la desfigura por completo? Soledad Gauna, correntina que vive en Santa Fe, fundadora y directora del Coro de Niños de la Universidad Nacional del Litoral, ayuda a distinguir estos conceptos en esta entrevista, la tercera de una serie donde Gus Espada revisa ideas tan cotidianas que casi nunca se definen. Las dos anteriores fueron Qué es el apoyo? y qué significa ‘tener oído’?.
Según cita Gauna del libro El coro en la escuela de Oscar Escalada, la afinación es la capacidad de reproducir sonidos a distintas alturas de acuerdo con un modelo dado. Esta habilidad depende de dos factores: la audiopercepción (poder escucharse a uno mismo y al modelo) y la psicomotricidad o propriocepción, es decir, percibir los mecanismos musculares que se ponen en juego al cantar.
Gauna explica que quien entona puede reproducir una melodía en otro registro pero respetando su diseño melódico: eso es la afinación relativa. El que desafina, en cambio, no llega a igualar la frecuencia propuesta, y ahí entran en juego tanto factores auditivos —falta de atención, de concentración, de memorización— como factores vocales.
Para Gauna, la voz infantil es difícil de controlar: suele ser estridente y muy tensionada en la garganta. Entre las causas más comunes de la desafinación menciona las líneas melódicas descendentes, que tienden a producir un descenso general de la afinación, y la respiración muy profunda que empuja el aire sin control y termina generando el efecto contrario. Por eso insiste en concentrar la fuerza en el abdomen y no en la garganta, y en cuidar la postura: estar derecho alinea el aparato fonador y facilita la entrada de aire.
También es clave elegir bien la tonalidad. Gauna trabaja preferentemente en Fa mayor porque le da al grupo un registro cómodo, de unas tres o cuatro notas hacia el grave desde el Fa central y una octava hacia el agudo. Recomienda que quien dirige sepa transportar canciones para encontrar el "registro característico" del grupo: la zona donde canta más cómodo y más afinado. Sobre el ejemplo cantado en falsete, advierte que solo funciona si resulta natural y agradable: si suena impostado, los chicos lo notan y lo imitan tal cual.
Gauna no habla de afinación con los chicos, al menos no al principio. Prefiere decir "vamos a cantar juntos" y trabajar primero con el cuerpo: dibujar con los dedos el contorno de una melodía como si fuera una abejita que sube y baja, o unir puntos en el aire como en esos juegos de números que armaban una imagen. La música no es tangible, dice, así que hay que mostrarla a través del movimiento antes de poder nombrarla.
Recién cuando el grupo ya jugó, exploró y trabajó la técnica vocal aparece la palabra afinación, de la mano de la partitura como disparador para ir incorporando el lenguaje musical.
Gus le comentó a Gauna una observación futbolera: cuando el partido está aburrido, las hinchadas cantan las mismas canciones más graves, y cuando hay un gol suben el tono sin perder la afinación. Gauna respondió que hace años observa ese mismo fenómeno con la emoción y el canto, y citó una investigación de la Facultad de Medicina de la Universidad de Navarra según la cual el diafragma es el músculo más emocional del cuerpo: la respiración se acelera con la alegría y se restringe con la tristeza, y eso repercute directamente en la voz.
Gauna contó que trabajó un año completo por videollamada, en pandemia, con un grupo de estudiantes de profesorado, corrigiendo tutorial por tutorial cada nota problemática. Al terminar el año se juntaron por primera vez en persona, en un estudio de grabación, y todos los problemas que aparecían en los audios individuales desaparecieron apenas empezaron a cantar juntos. Por eso insiste en que la afinación no se entrena en abstracto: sucede en el presente, entre las voces que están sonando en ese momento.
Con los chicos que llegan desafinados pasa algo parecido, dice: pueden cantar "en otro carril" durante un año o más sin que nadie insista demasiado, hasta que un día, como un cardumen, se acercan solos al resto del grupo.
Sobre el final, Gauna propuso una serie de ejercicios concretos: practicar la entonación expresiva sin música, solo con la voz hablada, imitando cómo habla un robot, el relato de un gol de fútbol, un gato o una oveja, o leyendo el mismo texto con intenciones distintas (con alegría, con enojo, susurrando, como si hubiera mucho ruido alrededor). Introducir de a poco elementos del lenguaje musical para que el grupo asocie el grave con abajo y el agudo con arriba. Proponer que cada uno cante una nota distinta y, a medida que se les acaba el aire, converjan todos en la misma nota: ir del caos al orden. Cuidar el cuerpo libre y suelto, la cabeza alineada sin tironear hacia arriba, la respiración y la articulación. Y no cantar nunca en frío: los ejercicios respiratorios previos son los que flexibilizan la musculatura antes de afinar cualquier cosa.
Gauna cerró con una reflexión que, aclaró, todavía tenía "en remojo": en los barrios más desfavorecidos suele encontrar chicos que hablan entre hermanos en un tono imperativo y con un registro muy acotado, algo que asocia a cómo les hablan en su casa. Sospecha que muchos de esos chicos no fueron arrullados con canciones ni cuentos, y que eso influye después en su forma de entonar. Aclaró que no es un fenómeno exclusivo de los barrios pobres: también sucede, por otras razones, en familias más acomodadas donde los padres están poco presentes. En la pandemia, agregó, con familias encerradas todo el día en departamentos chicos, lograr que un chico cante en medio de esa tensión es "un triunfo": contagia a toda la casa.
Para quien dirige coros de niños, la entrevista deja una idea central: la afinación no se explica, se construye con juego, movimiento y paciencia, y recién después se nombra.
Más sobre Podcast: