La técnica vocal, la clasificación de voces o el repertorio no son lo único que define cómo suena un coro. Hay una serie de factores extra musicales que, trabajados con constancia, terminan repercutiendo tanto en el sonido del grupo como en la comunicación entre director y cantantes. Este episodio del podcast "Dirección Coral Online" repasa cinco de ellos.
En las audiciones de ingreso no alcanza con evaluar la cuerda o las cualidades musicales de quien canta. Conviene fijarse también en si la persona es detallista y autoexigente —sin caer en la obsesión—, porque ese tipo de perfil colabora mucho en la construcción de la música y en cualquier proyecto que encare el coro. También ayuda detectar si alguien es consciente de su entorno, de cómo se inserta en el grupo, ya que suele tratarse de personas perceptivas tanto en lo intelectual como en lo afectivo. Y un tercer aspecto clave es la soltura: cuánta inhibición muestra la persona al recibir indicaciones. Todo el trabajo de ensayo durante el año depende de esa capacidad de recibir sugerencias y adaptarlas, así que cuantas menos barreras se ponga alguien para cantar solo o en grupos pequeños, mejor para el proceso completo.
Es incómodo cantar en un coro cuyo director mira solo la partitura, el piso o el techo. La mayoría de las personas escuchamos en gran medida a través de los ojos, no solo de los oídos: lo que vemos condiciona lo que oímos. Por eso el contacto visual es indispensable para establecer una comunicación efectiva, y ahí entra la técnica gestual: con gestos simples y discretos se puede indicar intensidad, ligadura o el momento exacto de cortar una frase, sin necesidad de detener el ensayo con palabras. Cuando hace falta hablar, conviene hacerlo con cuidado: en vez de señalar lo que está mal, mostrar qué hacer para mejorarlo.
Preparar el repertorio es un trabajo largo que se disfruta más cuando se comparte entre cantantes, director y equipo. Ayuda pensar en términos de "conducir" en lugar de "dirigir": ofrecer al coro las herramientas para resolver las dificultades de la obra, en vez de dictar cómo debe interpretarse. El repertorio elegido debe representar un desafío real pero alcanzable, y llegar con anticipación a la fecha de presentación —en vez de con lo justo— le da a la interpretación un punto extra de maduración que se nota en el resultado final.
Aun en los coros donde parece que todos son solidarios entre sí, suele haber cierto grado de competencia entre algunos cantantes, y hay grupos donde directamente se la estimula. Conviene evitarlo: la comparación entre cantantes no tiene nada que ver con la interpretación artística de la música. Al probar solos, dúos o cuartetos dentro de una obra, resulta útil escuchar a la mayor cantidad de personas posible a modo de diagnóstico, y si hay varios conciertos con el mismo repertorio, alternar a quienes cantan esas partes en cada función.
Plantear preguntas en lugar de dar siempre la respuesta es un recurso de enseñanza que promueve el pensamiento crítico. Los conceptos quedan mejor incorporados cuando cada cantante llega a ellos por su cuenta, y esto evita tener que repetir la misma indicación ensayo tras ensayo. Se trata de confiar en que cada integrante ya trae herramientas propias, y de que el rol del director es ayudar a transformarlas en algo musical y creativo aplicado al repertorio.
Trabajar estos cinco puntos junto con la formación musical específica —incluido, por ejemplo, un curso de Técnica Alexander– conciencia corporal para coreutas, cantantes y directores— ayuda a que el coro no solo suene mejor, sino que la relación entre quien dirige y quien canta se vuelva más fluida y placentera.