Dirigir una obra que no se estudió de antemano genera dos problemas serios. El primero es práctico: si hay que leer la partitura a primera vista mientras se conduce el ensayo, la atención se divide entre leer, tomar decisiones y coordinar al coro, y eso suele salir mal. El segundo es más de fondo: sin conocer la obra en profundidad es imposible tomar decisiones de interpretación con criterio. ¿Qué interpretación se puede construir de una pieza que no se conoce?
El problema se agrava cuando el director termina estudiando la obra durante el mismo ensayo, con 30 o 40 personas esperando indicaciones. Eso suele traducirse en enseñar mal una parte, tener que corregirla después —lo que resulta un fastidio para todo el coro— y perder el tiempo de ensayo que después se reclama como insuficiente. Estudiar y analizar la partitura antes de ensayar, no durante ni después, es la única forma de evitar ese círculo.
El primer paso no tiene que ver con notas ni acordes, sino con el origen de la partitura. ¿De dónde viene? ¿Es una edición confiable o puede tener errores de transcripción, o estar mal atribuida a un compositor o arreglador? Este problema no es nuevo —siempre existieron editoriales más cuidadosas que otras, sobre todo en ediciones de música antigua— pero se agudizó con el acceso masivo a partituras por internet.
También pasa con los arreglos de música popular: es común que un director tome un arreglo existente y le haga modificaciones —un final distinto, una introducción, cambios en alguna voz que resulta conflictiva para su coro— y esa versión modificada empiece a circular con el nombre del arreglador original, generando dos versiones distintas de la misma obra. Por eso, antes de cualquier otra cosa, conviene asegurarse de que la partitura sea una buena edición y esté correctamente atribuida.
La edición y atribución correcta de partituras se trabaja en el Curso de Sibelius.
Una vez confirmada la calidad de la partitura, empieza el análisis musical propiamente dicho. El orden que propone Gus Espada va de lo más grande a lo más pequeño:
Forma: cuántas secciones tiene la obra, si se repiten o son todas diferentes, cuáles funcionan como introducción, cuáles exponen material, cuáles lo desarrollan y cuáles cierran la obra. Para tener esto a la vista conviene armar un esquema —una línea de tiempo con el número total de compases— donde se anota qué sucede entre cada compás.
Textura: qué tipo de textura hay en cada sección —melodía con acompañamiento, textura homorrítmica, distintos tipos de contrapunto— y si dentro de una textura hay otra (por ejemplo, un acompañamiento que a su vez tiene su propia textura interna).
Armonía: los acordes, el cifrado, la tonalidad, si hay modulaciones, el tratamiento de las disonancias, si hay tríadas o acordes de cuatro notas, y qué tan compleja es la armonía en relación con las posibilidades del propio coro.
A la par del esquema conviene ir tomando notas prácticas para la enseñanza. Por ejemplo: si una sección se repite con textos distintos, conviene enseñarla primero sin texto y después aplicar cada letra por separado, para que el coro entienda que la música es la misma. O si el análisis de textura detecta pasajes al unísono, esos fragmentos se pueden enseñar a todo el coro junto —incluso como ejercicio de vocalización— en lugar de trabajarlos cuerda por cuerda.
Melodía: cuáles son las melodías principales y las secundarias, y sobre todo cómo están construidas: qué motivos melódicos se repiten o se transforman en otras voces, y si los elementos de la melodía principal impregnan al resto.
Ritmo: las características rítmicas de esas melodías, si hay una base o patrón rítmico definido —algo especialmente relevante en arreglos de música popular, aunque no exclusivo de ese repertorio— y qué elementos rítmicos son recurrentes o derivados de los principales.
Indicaciones escritas: todo el texto que no sea letra: dinámica, tempo, expresión, alternancia entre solos y tutti, instrumentación, disposición del coro en el escenario, etc. Conviene relevar todas estas indicaciones antes de pasar a la siguiente etapa.
Conviene transcribir el texto por separado, en papel o en la computadora. Sea prosa o poesía, el texto suele ser una obra literaria en sí misma y merece el mismo nivel de estudio que la música: su estructura (párrafos o estrofas, frases o versos), su ritmo interno, sus unidades de sentido, y también el contexto del autor y la época en que escribió.
Una vez analizado el texto por separado, hay que estudiar las relaciones entre música y palabra: qué hizo el compositor o arreglador con ese texto, porque distintos creadores pueden interpretar de maneras muy distintas un mismo poema o una misma prosa, y eso se refleja en decisiones musicales diferentes.
Conocer el contexto del compositor o arreglador y de la obra ayuda a darle sentido a todo lo relevado en el análisis. Un ejemplo: si en un arreglo de música popular aparece una textura de acompañamiento percusivo con onomatopeyas, saber que el arreglador estuvo influenciado por determinados grupos vocales de una época ayuda a entender el origen de ese recurso y la manera correcta de cantarlo.
Con todo este análisis hecho, quedan dos pasos más. Uno es estudiar la partitura pensando en cómo enseñarla: decidir qué elementos conviene trabajar en la vocalización, si hace falta hacer ensayos parciales, ejercicios rítmicos específicos, o entregar material de estudio al coro con anticipación.
El otro es estudiar la partitura desde el lugar de la dirección: resolver de antemano las dificultades técnicas que presenta la obra —entradas, cortes, calderones, cambios de tempo, acelerandos o retardandos— para llegar al ensayo con esas decisiones ya tomadas.
Todo este trabajo de análisis deja al director listo para la etapa siguiente, que es la memorización de la obra y la preparación de una guía de dirección propia.
Este tema se conecta con los abordados en el Ciclo “Esenciales de la Dirección Coral #1: La Técnica de Dirección y en el Ciclo “Esenciales de la Dirección Coral #2: El ensayo.
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