Episodio #147: Fácil o difícil-con Diego Lenger


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Cuando a un coro le faltan varones, el reflejo habitual es pasar al formato SAB —soprano, contralto y barítono— juntando a todos los hombres en una sola voz. Se suele dar por hecho que armar repertorio así es más sencillo que a cuatro voces. Diego Lenger, director de coro de Buenos Aires, sostiene lo contrario.

Lo escribió en un artículo llamado Fácil o difícil, publicado en el anuario de ADICORA correspondiente a 2005. Casi veinte años después releyó su propio texto para conversarlo, y aclaró de entrada que había frases que hoy no escribiría: una broma sobre la mayoría femenina en los coros que, dice, quedó anticuada. El resto de la argumentación, en cambio, la sostiene.

Por qué tres voces es más difícil, no más fácil

El argumento central es armónico. Al faltar una nota en el acorde, la conducción de las voces se vuelve menos sencilla y, en consecuencia, cada línea es más difícil de cantar. No es casual que la armonía tradicional se enseñe desde hace siglos a cuatro voces mixtas.

Hay además dos efectos concretos. Tenores y bajos quedan obligados a cantar por momentos lejos de su registro cómodo, y la distancia entre las voces femeninas y el barítono se agranda, justamente porque no hay una voz de tenor en el medio.

El problema mayor está en la línea del barítono. En los arreglos a tres voces suele ir tapando agujeros de la armonía: canta la tercera, la quinta o hasta la séptima del acorde, en vez de la fundamental. Son líneas caprichosas, poco cantables, y para un cantante principiante resultan más difíciles que una línea de bajo.

Qué hacer con un coro de seis sopranos y un tenor

Frente a un grupo con seis sopranos, cinco contraltos, un tenor y dos bajos —una proporción frecuente—, Lenger prefiere empezar igual con obras a cuatro voces. Su razón es práctica: se afina mejor y las obras se arman más rápido, porque el coro comprende mejor la armonía.

Detrás hay una idea que vale para cualquier coro sin experiencia previa: los cantantes necesitan tener en la cabeza la armonía de lo que cantan, aunque ninguno lea música ni haya cantado antes. Sin ese mapa no hay progreso posible y la afinación queda condenada.

De ahí su prioridad, que reconoce como discutible: no hay nada más fundamental que empezar por una buena afinación coral a capela. Hay directores que sostienen que al principio importa más consolidar el grupo; Lenger no coincide. Sobre la afinación se puede construir todo lo demás; sin ella es muy difícil avanzar. Por eso trabaja con diapasón y casi nunca con piano en el ensayo: cuanto más inexperto es el coro, menos instrumento pone, para que aprendan a escucharse entre ellos.

Cuando tres voces es una decisión, no una carencia

Nada de esto significa que no existan obras hermosas a tres voces mixtas. Lenger cita la canción de Adviento de Zoltán Kodály, escrita casi todo el tiempo para soprano, alto y barítono: una obra engañosamente fácil en el papel y difícil de armar, incluso para coros muy buenos. Ahí las tres voces parecen una elección de color, no una limitación.

Y trae con eso un problema que no suele anticiparse: un coro equilibrado, con cinco bajos y seis tenores, al cantar esa obra se encuentra con una dificultad de balance, porque durante cuatro de sus cinco páginas no hay divisi y todos los hombres cantan la misma línea.

Lo que se publica define el nivel de los coros

La parte más polémica del artículo es una hipótesis sobre la cultura coral: lo que se publica, lo que circula y lo que se escucha en los conciertos construye el tipo de coros que un país tiene. Escribir muchos arreglos sencillos —a tres voces o a cuatro pero fáciles— no solo responde a una demanda: también forma el gusto de cantantes y directores, y termina modificando esa cultura. Si una editorial publicara únicamente obras fáciles, dice Lenger, el nivel promedio de los coros empezaría a descender.

El contraejemplo que ofrece viene de Suecia. En 2004, el maestro sueco Robert Sund trabajó con el Coro Nacional de Jóvenes en el Teatro Cervantes, ante directores de todo el país, y al terminar le preguntaron cómo había llegado Suecia a tener coros tan buenos. Su respuesta fue que, a diferencia de otros países escandinavos, Suecia no tenía ni una gran tradición coral ni un compositor emblemático. El factor de crecimiento, quizás el más importante, fue que Eric Ericson le encargó al compositor Ingvar Lidholm obras escritas en un lenguaje difícil, a fines de los años cincuenta. Primero las descifró el coro de cámara de Ericson, y de ahí las ganas de acceder al lenguaje contemporáneo se contagiaron al resto de los coros del país.

Para quien dirige un coro vocacional, la conclusión práctica es concreta: la formación reducida no es necesariamente el camino corto, y elegir una obra exigente puede ser lo que haga crecer al grupo.