El juego es una de las herramientas menos usadas en la técnica de ensayo coral, y una de las que más parámetros permite trabajar a la vez. María Laura Narvaiza, directora de coro de Comodoro Rivadavia, escribió sobre eso en 2005 un artículo para el anuario de ADICORA: La magia del juego con la música de protagonista.
Su vínculo con el tema no es casual. Antes de dedicarse a la dirección coral, Narvaiza se formó como maestra de nivel inicial: el juego fue lo primero que estudió, y llegó al coro con esa herramienta ya incorporada.
La lista que enumera es larga y no es solo musical: capacidad creadora, observación, atención, capacidades lógicas, fantasía, imaginación, iniciativa, conocimientos, habilidades, hábitos, potencial creador, espíritu crítico y autocrítico, disciplina. Todo eso se puede trabajar en un ensayo mientras el grupo se divierte, que es como cualquier director quiere que sean sus ensayos.
Narvaiza hace una comparación con la técnica gestual: hay una técnica canonizada —cómo mover el brazo derecho, qué hace el izquierdo, la postura— pero cada director termina incorporándola a su manera de pararse, de expresarse y de comunicarse con la gente que tiene enfrente. Con el juego pasa lo mismo. No se trata de actuar de un modo que a uno no le sale, sino de meter la herramienta dentro de la propia forma de ser.
Lo que sí advierte es que incorporar un hábito lleva tiempo. Hacerlo una vez no significa tenerlo adquirido: hay que ponerlo en práctica un día, dos, tres ensayos, cinco ensayos, un año, hasta que deje de ser una decisión y pase a ser costumbre. Y dentro del juego como técnica hay que tener recursos concretos, no improvisar sobre la marcha.
De ahí sale una idea que Narvaiza extiende a todo el oficio: hay más recursos disponibles de los que se usan. Si el director está tocando el bombo porque no hay nadie más que pueda hacerlo, la entrada la da con la mirada o con la cabeza. Son planes B que existen y que ayudan a relajar la idea de que todo tiene que ser estricto y estructurado.
Entre las ideas que quedaron sin concretar cuenta una: un concierto a oscuras, completo, para el público y para el coro. Los cantantes en círculo, tomados de la mano, con ese contacto físico marcando las entradas, porque no iban a poder verse. La idea no llegó a hacerse, pero muestra hacia dónde apunta: explorar cosas que saquen al ensayo de la repetición y de la pesadez.
Narvaiza lleva casi veinte años con su grupo —con integrantes que fueron cambiando— y señala algo que suele quedar afuera de la discusión técnica: al director también le cuesta sostener un proyecto si él mismo se aburre. Ella dice que se divierte en sus propios ensayos, y que eso se contagia.
Sobre con quién funciona, su experiencia contradice la intuición. El juego se puede hacer perfectamente con coros de adultos, y con adultos mayores no solo se puede: es donde más conviene hacerlo.