Ricardo Steinsleger es director de coro y autor del artículo "Cantar sin ver", publicado en el anuario de Adicora del año 2005. El texto surgió de su experiencia con una soprano ciega, a quien le gustaba que le dijeran Marita, que integró su coro de cámara desde 2003. Ella tenía su condición desde muy chica, a raíz de un exceso de oxígeno recibido al nacer prematura, y ya llevaba diez años cantando en coros infantiles antes de sumarse al coro de Steinsleger.
Según cuenta Steinsleger, fue la primera vez que trabajó con una persona ciega y el desafío fue doble: incorporarla sin bajar ningún nivel de exigencia y, al mismo tiempo, no perder el resultado artístico que buscaba en un coro vocacional pero con objetivos profesionales, que llegó a presentarse en concursos.
Steinsleger explica que tuvo que desarrollar lo que llama una técnica de ensayo que combinara lo visual con lo verbal. Todo lo que antes mostraba con gestos —una vocalización, un ejercicio de relajación, la posición de la mandíbula o del diafragma— tuvo que aprender a describirlo en palabras, de manera económica, para no perder tiempo de ensayo. Cuando la descripción no alcanzaba, recurrió al contacto físico: hacía que Marita tocara su mandíbula para sentir cuánto abría la boca, o su garganta para percibir cómo bajaba la laringe, o le pedía que se tocara el propio abdomen para trabajar la respiración diafragmática. En algún momento, incluso, ella llegó a tocar sus dientes para corregir la posición de la lengua.
Steinsleger aclara que en el gesto de dirección durante el ensayo y el concierto no tuvo que cambiar nada, porque Marita no veía absolutamente nada: apenas percibía luces y sombras muy de cerca, algo que en la práctica no era significativo.
En su artículo, Steinsleger describe cuatro maneras en que Marita se conectaba con lo que pasaba en el coro sin necesidad de ver: la entrada, guiada por la respiración de sus compañeras; los cambios graduales de intensidad o de tempo, como un crescendo o un accelerando, que ella podía seguir por su progresividad; los cambios abruptos, que según cuenta solo la sorprendieron tres veces en todos los años que cantó con él; y una cuarta forma que él define como una conexión energética, algo que no puede explicarse de manera objetiva. Cuenta que Marita le decía "yo te veo" o "yo te leo", y que en una ocasión, sin haber cruzado palabra, notó su mal humor apenas lo escuchó entrar al ensayo.
Steinsleger propone algunas pautas para directores que reciben a una persona con discapacidad visual en su coro: verbalizar mucho y de forma económica en el ensayo, usar el tacto para trabajar la relajación y la vocalización, apoyarse en ejercicios propioceptivos para lo que no se puede tocar directamente (como el velo del paladar), y simular en el ensayo situaciones de concierto, incluyendo acentos o cambios sorpresivos, para que no resulten extraños el día de la presentación. También recomienda evitar cortar constantemente para corregir y trabajar de principio a fin (lo que en música se conoce como "da capo al fine"), porque ayuda a memorizar la obra como un todo. Y remarca, sobre todo, no subestimar ni prejuzgar la capacidad de la persona: para él, Marita no solo estuvo al nivel del resto del coro sino que en muchas ocasiones fue guía de su cuerda y solista, con buen conocimiento de latín y alemán.
Gus Espada, por su parte, cuenta que tuvo experiencia con dos alumnos ciegos en un contexto universitario, no coral: uno de ellos manejaba un programa de edición de partituras sin ninguna ayuda sonora y detectaba errores de escritura con una precisión notable. Coincide con Steinsleger en que la clave, en ambos casos, fue no bajar el nivel de exigencia y confiar en la capacidad de adaptación de la persona.
Para cualquier director que en algún momento reciba en su coro a una persona con discapacidad visual, la experiencia de Steinsleger deja un punto de partida concreto: economizar la palabra, animarse al contacto físico cuando haga falta, y entender que la calidad artística del coro no tiene por qué resentirse.
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