Carlos Vilo se formó en Argentina —piano, dirección de coro y dirección de orquesta— y desde muy joven dirigió coros. Fue asistente de un maestro que dirigía el coro de la Facultad de Filosofía y Letras y después se dedicó varios años a los madrigales isabelinos, hasta que una beca del gobierno francés lo instaló en Francia en 1974, donde se especializó en música renacentista.
Ahí, cuenta Vilo, terminó dirigiendo casi por accidente el coro del Instituto de Música Antigua de una ciudad francesa: lo llamaron para reemplazar al director titular por un día y se quedó. Poco después dirigía también un coro universitario en otra ciudad, viajando entre ambas. En ese período conoció al pianista Bruno Gelber, y a través de él terminó traduciendo y grabando material para un cineasta que filmaba la vida de Arthur Rubinstein, porque el pianista hablaba doce idiomas y necesitaban a alguien que además fuera músico.
Según relata Vilo, durante sus primeros años en Francia la música argentina no le interesaba: la conocía muy poco. Fueron los propios cantantes de su conjunto vocal —armado en París para hacer madrigales— quienes le insistieron para que llevara algo de su país. En un viaje a Buenos Aires consiguió, gracias a una compositora argentina que le abrió las puertas de las editoriales musicales de la época, un paquete enorme de partituras que se llevó a Francia sin revisar.
Cuando finalmente lo abrió frente al conjunto, encontró decenas de particellas firmadas por Carlos Guastavino, de quien apenas conocía el nombre. "Esto es hermoso", pensó al ver la primera; con la tercera llegó a decir que, de haber sido compositor, habría compuesto igual. A partir de ahí se dedicó por completo a la obra de Guastavino.
Vilo tuvo su primer contacto telefónico con Guastavino desde París y lo visitó personalmente a partir de 1983. En una de esas visitas le llevó una grabación de una de las obras que interpretaba con su conjunto francés, y el propio compositor le preguntó cómo podía él "hacer lo que yo tengo dentro de mi cabeza". Vilo recuerda que una entrevista reciente los describió como "dos almas gemelas", y dice sentir esa música como si la hubiera compuesto él mismo.
Trabajar esa música con cantantes franceses no fue sencillo: tuvo que inventar un sistema propio para que pudieran cantarla con la exigencia de pronunciación y comprensión del texto que Vilo pide a cada voz, casi de manera individual, incluso dentro de un conjunto. El resultado, con dos discos grabados en Francia, llevó a Guastavino a decirle que era la primera vez que entendía las letras de sus propias canciones.
Guastavino le había contado a Vilo que en 1975 se prometió no volver a componer nunca más. La promesa se mantuvo hasta un domingo de noviembre de 1987, cuando el pianista que iba a acompañar un ensayo del conjunto masculino de Vilo se enfermó y el propio compositor se ofreció a reemplazarlo. Impresionado por lo que escuchó ese día, esa misma tarde llamó a Vilo para decirle que había roto su promesa: acababa de componer una obra nueva. Al día siguiente compuso otra, y al tercer día ya eran dieciséis piezas para ese grupo. En total llegó a componer unas treinta obras, que en un principio dedicaba todas a Vilo, hasta que este le pidió que repartiera las dedicatorias entre los demás cantantes del conjunto.
El artículo "Imagen de Carlos Guastavino", escrito por Vilo para el anuario de Adicora en 2010, puede descargarse en https://1drv.ms/b/s!AhY9XomXNGAxg-4dRTrUN14QD6UKTA?e=F98Nht. Adicora es la asociación que reúne a directores de coro y ofrece cursos, congresos y asesoramiento profesional; la ficha de inscripción está disponible o en https://adicora.org/pagos2/ficha-de-inscripcion/. Para coros que están dando sus primeros pasos en lectura musical y afinación, hay cursos y arreglos disponibles en gusespada.com/suscribirme. Quien quiera apoyar este tipo de contenido puede hacerlo a través de https://cafecito.app/gusespada.
El testimonio de Vilo es un recordatorio de que el trabajo profundo sobre el texto y la interpretación —el mismo que aplicó a la música renacentista y luego a Guastavino— es lo que permite que un coro deje de sonar "siempre igual" y encuentre, obra por obra, un fondo distinto.