¿Qué diferencia a quien simplemente lee una partitura de quien la interpreta? Ese es el problema que aborda el capítulo 6, "El intérprete", del libro Introducción a la música en 20 lecturas, de Jaime Donoso, docente de la Pontificia Universidad Católica de Chile. El libro surgió de los apuntes de la asignatura Apreciación Musical, pensada para estudiantes de Humanidades y Artes que no son músicos profesionales, aunque el capítulo tiene ideas que le sirven igual a cualquiera que dirija un coro.
Donoso arranca con una imagen: la obra musical es como un objeto que un arqueólogo desentierra. Un cacharro de cerámica, aunque sea modesto, puede resumir en sí toda una cultura. De la misma manera, una sinfonía condensa el espíritu de una época y una manera particular de relacionarse con el mundo. Esa obra queda fijada en la partitura, que Donoso define como "una mera convención escrita, un código a descifrar": una Quinta Sinfonía de Beethoven solo existe realmente cuando alguien la vuelve sonido.
La imagen central del capítulo es esta: la partitura se presenta como un cuarto vacío, y el primer deber del intérprete es amueblarlo con lo que tenga disponible para después habitarlo. Un niño que toca una sonata de Mozart apenas puede agregar algo a lo que el papel propone. Un intérprete maduro, en cambio, entra a esa misma sonata cargado de resonancias, porque los años y la experiencia le dieron elementos que lo acercan a una complicidad real con el autor.
Como la obra solo existe cuando suena, vuelve a nacer cada vez que se interpreta. Por eso Donoso sostiene que el intérprete se transforma en cada ejecución en un co-creador: no inventa las ideas, pero sí es responsable de darles forma sonora. Lo compara con un actor de teatro que interpreta a Hamlet sin tener las capacidades intelectuales del príncipe danés, y aun así lo encarna con convicción. De la misma forma, quien interpreta a Beethoven "debe ser Beethoven", aunque nunca haya compuesto nada.
Ese poder de encarnación no basta si falta lo que Donoso llama musicalidad: la palabra justa en el tiempo justo, la entonación precisa, el silencio en su momento, la elocuencia. Sin eso, dice, alguien puede conocer el estilo y las reglas y seguir sin ser un buen intérprete.
El capítulo cierra aplicando todo esto al director de orquesta, elegido porque nadie duda de qué hace un cantante o un instrumentista, pero casi todos se preguntan para qué sirve un director. Donoso identifica tres tareas: conocer a fondo la partitura, concertar (poner de acuerdo elementos disímiles con una técnica de ensayo clara) e interpretar. El director necesita dominar su instrumento, que no es un piano ni un violín sino un grupo de personas que puede ir de doce a más de cien músicos, y superar los doscientos en obras sinfónico-corales.
Entre los gestos concretos que describe: marcar el tempo con claridad aunque cada director lo haga con su propia flexibilidad; dar entradas a los distintos grupos, porque no siempre hay tutti (todos tocando juntos); y equilibrar las masas de sonido, porque un forte de las violas no suena igual que un forte de los bronces y hay que graduarlos para lograr equilibrio. Ahí, dice Donoso, aparece de nuevo la elocuencia: las notas son las mismas para cualquier director, pero la interpretación que logra más adhesión del público nunca es la misma.
El blog tiene además un curso centrado en Cinco canciones de amor hebreas de Eric Whitacre: “Génesis Interpretativa”.
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