El sonido de un coro depende de tres elementos fundamentales: afinación, balance y empaste. Estos tres funcionan como las patas de un trípode: son el núcleo a partir del cual se construye el sonido de cualquier coro, sea profesional o vocacional.
El coro es un instrumento sumamente complejo de construir. A diferencia de otros instrumentos, puede tener 2, 3, 4, 8, 12 o más cuerdas (las voces agrupadas por registro: sopranos, contraltos, tenores, bajos, por ejemplo), y cada cuerda puede tener desde dos o tres integrantes hasta 20 o más. El primer problema que enfrenta cualquier director es lograr un número parejo de integrantes en cada cuerda.
A eso se suma que dentro de una misma cuerda conviven voces muy distintas entre sí: más grandes o más pequeñas, más o menos afinadas, con timbre más claro u oscuro, con más o menos agudos, con más o menos graves. Y esto se refiere solo a lo que afecta el sonido del coro, sin contar la musicalidad, la experiencia musical o la capacidad de lectura de cada cantante.
Cuando se cuenta con una amplia oferta de cantantes profesionales para elegir, armar el coro es más sencillo: se pueden seleccionar caudales, timbres y tesituras similares en cada cuerda, y elegir cualidades vocales según el tipo de repertorio (por ejemplo, tenores 1 con determinadas características distintas a las de tenores 2). En un coro vocacional, formado por cantantes inexpertos, cada cuerda se arma con lo que hay disponible.
En cualquier tipo de coro, el sonido final es la resultante de una serie de parámetros que se ubican en tres niveles distintos:
Los que se pueden controlar desde la prueba de voces: el piso de afinación de cada cantante, la salud vocal (detectar ruidos que indiquen problemas), y la calidad tímbrica (vibrato excesivo, timbres demasiado penetrantes, caudal difícil de controlar).
Los que se trabajan en el día a día de los ensayos: mejorar la afinación, ampliar las tesituras y emparejar el sonido dentro de cada línea de canto.
Y los que probablemente nunca se puedan modificar: por ejemplo, la calidad de ciertos graves o agudos con los que un cantante ya cuenta o no cuenta de manera natural.
Es dentro de este panorama —lo que se elige, lo que se trabaja y lo que no se puede cambiar— donde entran en juego la afinación, el balance y el empaste como los tres pilares del sonido coral.
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