Ciclo: Como armar un coro de cero- IV: El Repertorio


Ciclo "Cómo armar un coro de cero"
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Después del primer ensayo, con la idea de sostener la buena onda del grupo que se plantea en Capítulo 1: El proyecto, llega el momento de decidir qué va a cantar el coro durante el resto del año. No importa en qué momento del calendario haya arrancado el proyecto: lo importante es poder cerrar algo concreto al cabo de unos meses de trabajo.

De dónde sale la información para elegir repertorio

La primera fuente es la prueba de voces, tratada en Capítulo 2: la prueba de voces. Si se organiza bien la recolección de datos ahí, queda registrado qué canta y qué no canta cada integrante, qué volumen y qué color tiene cada voz, si hay vibrato, hasta dónde llegan los agudos y los graves, y —si se pidió cantar una canción como parte de la prueba— también una primera idea de los gustos musicales del grupo.

La segunda fuente es el primer ensayo, desarrollado en Capítulo 3: el primer ensayo. Llevar dos partituras a ese primer encuentro no sirve solo para empezar a trabajar: funciona como una hipótesis. Observar qué dificultades aparecen —y cuáles de las que se esperaban en realidad no lo fueron— da información concreta sobre qué tipo de partituras conviene seleccionar de ahí en adelante. Ese mismo ensayo también es una oportunidad para charlar sobre gustos e intereses, y para registrar cómo aprende cada cuerda: si todas al mismo ritmo, cuáles tienen más problemas con ritmos complejos, con la armonía o con la memorización melódica.

Qué mirar técnicamente en una partitura

Un primer dato clave son las posibilidades de memorización, tanto a corto plazo —dentro de un mismo ensayo— como de un ensayo para el otro. Si la memoria no es el fuerte del coro, conviene trabajar con obras cortas; si no es un problema, se puede encarar repertorio más extenso, aunque aparezcan otras dificultades relacionadas con la afinación o el ritmo.

Otro factor es la facilidad o dificultad para la repetición melódica, que depende de la experiencia coral previa de cada integrante, de la costumbre de cantar y del tipo de música que escucha habitualmente cada uno. A mayor facilidad de repetición, se pueden elegir melodías más complejas; si no, conviene ir por lo más sencillo.

La afinación por cuerda es otro dato imprescindible. Se ve influida por el registro (partes muy agudas o muy graves), por la zona de la tesitura en la que se sostiene la melodía, por la complejidad armónica, por pasajes rítmicos difíciles y por la articulación: en general resulta más fácil afinar cantando ligado que marcado. Por último están las tesituras propiamente dichas: no alcanza con mirar los extremos agudos y graves de cada voz, también hay que identificar en qué zona de su registro canta más cómoda cada cuerda.

Las cuestiones estéticas

Además de lo técnico, entran en juego las preferencias del grupo, que se pueden indagar con una charla, una encuesta simple o llevando grabaciones para que el coro conozca estilos que quizás nunca escuchó en vivo. Cuánto peso se les da a esas preferencias depende del estilo de gestión de cada director, tema que se desarrolla en Capítulo 5: La gestión: hay directores que deciden el repertorio sin consultar y hay otros que primero muestran una grabación y recién llevan la partitura si el grupo muestra interés. También influye si el coro depende de una institución: sin que nadie lo imponga explícitamente, suele convenir tener parte del repertorio pensado para las presentaciones institucionales, buscando que conecte con el público que va a escucharlo.

El tercer factor estético son las posibilidades de presentación artística: no es lo mismo un coro que participa de encuentros corales que uno que hace conciertos temáticos propios, o que canta solo en actos institucionales versus uno que se presenta en la vida cultural de su comunidad.

Opciones para armar el repertorio

Existen varias formas de encararlo. La más prudente es ir ensayo a ensayo: se suma una partitura nueva recién cuando la anterior está encaminada, sin arriesgar fotocopias de más. Otra opción es seleccionar un grupo variado de obras de distintos géneros y niveles de dificultad para ir probando. Una tercera es elegir un género o una temática fija por año o por semestre. Y la cuarta, la más habitual, combina las tres: ir de a poco, con una dirección temática en mente, y avanzando de lo más fácil a lo más difícil.

Recomendaciones prácticas

Hacer los propios arreglos resuelve buena parte del problema, sobre todo cuando la formación del coro es poco convencional —por ejemplo, muchas sopranos y un solo bajo, o muchos barítonos y una sola soprano—: permite repartir melodías según la cantidad de voces disponibles en cada cuerda.

Conviene además elegir partituras cortas, de unos 15 o 20 compases: una obra larga puede demandar diez ensayos, es decir dos meses y medio de trabajo, mientras que varias piezas breves permiten armar un repertorio presentable en tres o cuatro meses, algo mucho más estimulante para el grupo. También ayuda priorizar armonías simples, tesituras centrales y ritmos sencillos, sobre todo en las primeras etapas.

Pensando ya en la primera presentación del coro —tema que se aborda en Capítulo 6: La primera actuación—, conviene reservar una obra sencilla para abrir, con la que el grupo pueda entrar en calor y acomodarse al sonido del espacio, y una obra que funcione como cierre y levante el aplauso. También es útil sumar una pieza deliberadamente difícil, aunque no llegue a cantarse nunca en público: le da al coro una referencia de hacia dónde puede crecer.

Por último, conviene ponerse objetivos concretos sin abrumar al grupo: ni una partitura por vez sin horizonte, ni una carpeta con quince obras de entrada. Definir, por ejemplo, cuántos arreglos se espera aprender en el año ayuda a sostener el trabajo con un rumbo claro, que es justamente lo que necesita un coro que recién está armando su repertorio.

Capítulo 4: El repertorio