Tota pulchra es, de Maurice Duruflé, dura poco más de dos minutos. Es la única obra para coro femenino dentro de los Cuatro motetes sobre temas gregorianos op. 10 —los otros tres son para coro mixto— y a simple vista parece sencilla: textura clara, sonoridad modal, ninguna complicación evidente en la escritura.
La obra cambia de compás casi todo el tiempo: dos cuartos, tres cuartos, seis octavos, cinco octavos. Y con esos cambios, la acentuación de las palabras latinas queda desplazada respecto de la parte fuerte del compás. Maria cae donde no debería. El et entra en tres momentos distintos según la cuerda.
Si la escritura fuera regular, uno pensaría que al compositor le salió mal. Pero Duruflé, formado desde los ocho años en la escuela de canto gregoriano de Rouen, sabía exactamente qué estaba haciendo: estaba intentando traducir a la notación tradicional la libertad rítmica del gregoriano.
Eso obliga a decidir. ¿Me apoyo en el tactus o en el cambio de compás? ¿Qué velocidad tomo, si la mayoría de las versiones grabadas van mucho más rápido de lo que el texto parece pedir? ¿Cómo hago para que cada cuerda frasee con independencia y al mismo tiempo encaje verticalmente?
En esta clase de No me vengan con el verso, la maestra Roxana Muñoz —directora del Coro de Mujeres de Morón, que estudió y estrenó esta obra con su coro— recorre la partitura de la primera edición Durand y muestra cómo llega desde el análisis estructural hasta el detalle fonético de cada acento. No da una receta: muestra cómo se toman las decisiones.
Soy Gus Espada, director de coro, y en gusespada.com publico cada semana una clase de este curso sobre la relación entre texto y música.
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