Febrero es el mes en que la mayoría de los coros vocacionales planifican el año: se busca repertorio, se piensan conciertos y encuentros, y también es el momento de mirar la composición humana del grupo. Antes de decidir qué repertorio hacer —a cuántas voces, con qué exigencia— hay que saber con cuántos cantantes se cuenta en cada cuerda. Ahí entra la prueba de voces, que no es solo un trámite de conocerse: es la herramienta con la que se construye el tipo de instrumento coral que se quiere tener.
Hay una relación directa entre la prueba de voces y los objetivos artísticos del coro. Antes de convocar conviene aclarar los requisitos: si se pide edad mínima, experiencia previa o lectura musical, o si el coro está abierto a cualquier persona sin antecedentes. En la prueba misma se puede tomar una vocalización (para ver tesitura, pasajes de la voz, caudal y salud vocal), pedir que canten una canción, escuchar la voz hablada, y sumar una prueba rítmica, armónica o de memoria. Conviene además no dar el resultado en el momento, sino tomarse un tiempo para evaluar a todos los postulantes juntos y buscar el equilibrio entre cuerdas antes de resolver si hace falta un nuevo llamado. Estos criterios están desarrollados en detalle en Capítulo 2: la prueba de voces, dentro del ciclo completo sobre cómo armar un coro desde cero, que también incluye Capítulo 1: El proyecto, Capítulo 3: el primer ensayo, Capítulo 4: El repertorio, Capítulo 5: La gestión y Capítulo 6: La primera actuación.
Como complemento, hay una guía sobre cómo planificar un año de vocalizaciones, útil para decidir qué trabajar con cada cuerda una vez armado el grupo.
Ivana Perren dirige el coro de niños y niñas de la Universidad Nacional de Villa María, unos 40 chicos y chicas de nivel primario y algo de nivel medio. Uno de los objetivos del coro es la inclusión, por lo que la selección arranca en las escuelas públicas de la ciudad: se coordina con la coordinadora de apoyo técnico de la región escolar y con una trabajadora social del equipo para conseguir el contacto de unas cinco escuelas por año y visitar los cuartos grados. Junto con la preparadora vocal se distribuyen las escuelas y a cada chico interesado se le hace cantar, escuchar y repetir un vocalizo y una canción conocida, acompañados de guitarra o teclado. Se anota si hay aire en la voz, ruido, algún tipo de disfonía, y se marca a quienes reúnen afinación e higiene vocal adecuadas. Todo el proceso demora entre dos y tres semanas de visitas. Además se abre una convocatoria en el Instituto de Extensión de la universidad, pensada sobre todo para chicos de escuelas privadas, que no son visitadas directamente. A principio de abril queda definida la selección: entran entre 45 y 50 niños, y con el correr del año, a medida que algunos no pueden sostener el ritmo de dos ensayos semanales de una hora y media, el grupo se estabiliza entre 35 y 40 integrantes.
Laura Alberti dirige el coro del PEHUAM, el programa de extensión universitaria para adultos mayores de la Universidad Nacional de Villa María, integrado por personas de 50 años en adelante, con un rango que va de los 60 a los 80. La convocatoria se abre a principios de marzo por radio, diarios y la página de la universidad, y la prueba de voces se toma en dos lunes previos al inicio de los ensayos de abril. Se hace una vocalización para ubicar nota más grave, más aguda y la zona donde mejor rinde cada voz, se pide una canción y se hace un ejercicio de canto a dos voces —ella canta una línea distinta mientras la persona sostiene la melodía— para ver cómo reacciona al cantar en conjunto. También se conversa sobre su vida y sus motivos para integrar el coro. La prueba no es eliminatoria: uno de los pedidos explícitos del programa es que el espacio sea inclusivo, y si alguien tiene dificultades se lo orienta hacia otro espacio de canto mientras sigue el proceso. Por el tipo de público, cada año también se vuelve a probar a quienes ya integraban el coro, para relevar cambios en la voz y conversar sobre sus expectativas. El grupo se mueve habitualmente entre 16 y 20 integrantes.
Armando Garrido dirige el coro del Teatro Roma de Avellaneda, un coro amateur que monta ópera con escena y también repertorio sinfónico-coral. Eso exige cantar de memoria y tener un nivel técnico vocal capaz de afrontar el repertorio lírico, además de aprender rápido. El coro es chico —entre 30 y 35 personas— porque el escenario del teatro no admite una masa más grande sin perder claridad visual, aunque este año dos títulos de verismo italiano van a requerir sumar cantantes. La prueba se organiza en dos días con un pianista: se pide una vocalización para medir registro y volumen, una canción o un área que la persona traiga preparada, y el aprendizaje en el momento de una melodía que el director canta una vez para que la repitan, con lo cual se evalúa la velocidad de aprendizaje. La mayoría de quienes se presentan llegan recomendados por integrantes actuales, que suelen adelantar su perfil; si son desconocidos, un primer contacto por mail permite decidir si conviene escucharlos o directamente orientarlos hacia otro tipo de grupo coral según sus características.
En los cursos de dirección coral disponibles en gusespada.com se profundiza en estos y otros temas de gestión y planificación coral. Quienes quieran compartir cómo organizan su propia prueba de voces pueden escribir a gusespada.com/contacto.
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